
Durante años, la narrativa predominante en la acera democrática venezolana se construyó sobre una fe casi religiosa en la diplomacia de los valores. Se nos vendió la idea de un Washington actuando como el paladín global de la libertad, una superpotencia cuyo principal desvelo era restituir la institucionalidad democrática en el hemisferio. Sin embargo, la terca realidad geopolítica insiste en recordarnos una máxima tan vieja como la diplomacia misma: “los Estados no tienen amigos permanentes, solo intereses permanentes”. Hoy, bajo el pragmatismo transaccional de Donald Trump y su explícito respaldo a los deudos políticos de Maduro, esa lección se escribe con especial crudeza, aunque el libreto no sea nuevo.
Para entender el presente, es obligatorio mirar el espejo retrovisor reciente. Lo que hoy presenciamos con la consolidación del interinato, no es una anomalía Trumpista, sino la continuación de una política de Estado de corte profundamente realista. Ya la administración de Joe Biden había marcado la pauta al entenderse directamente con el Palacio de Miraflores, cuando las urgencias globales así lo exigieron. La crisis energética desatada por la guerra en Ucrania y la imperiosa necesidad de repatriar ciudadanos estadounidenses, pesaron más en la balanza de la Casa Blanca que las violaciones a los derechos humanos o el desconocimiento de las actas del 28 de julio.
Bajo el gobierno de Biden, vimos cómo la diplomacia del canje operó a plena luz del día: los «narcosobrinos» y el mismísimo Alex Saab —pieza arquitectónica de las finanzas del chavismo— fueron liberados y devueltos a Caracas a cambio de fichas estadounidenses y estabilidad petrolera a través de licencias a corporaciones como Chevron. El mensaje implícito de la administración demócrata ya era claro: los valores democráticos son negociables si el beneficio transaccional es el adecuado.
El retorno de Donald Trump a la Oficina Oval no supuso una vuelta a la «presión máxima» a pesar de la captura de Maduro por la Delta Force el 3/1/2026, sino la mutación definitiva de esa política transaccional. El reconocimiento y sostén a Delcy Rodríguez tras los convulsos eventos de inicio de año, justificado bajo la óptica de un histórico acuerdo petrolero que otorga a corporaciones norteamericanas el control operativo de una quinta parte de las reservas de crudo de nuestro país, es la consagración de la “realpolitik” en su estado más puro. Para el pragmatismo de la actual Casa Blanca, una estructura de poder estable y controlable en Caracas —incluso si proviene de las entrañas del propio régimen anterior— es preferible a la incertidumbre de una transición real conducida por las fuerzas democráticas tradicionales.
Esta dualidad estadounidense no es exclusiva de nuestra latitud. Basta levantar la mirada hacia el Medio Oriente para observar cómo Washington operó un viraje idéntico con la Siria post-Ásad. Allí, Ahmed al-Sharaa (el antiguo yihadista Abu Mohammed al-Jolani, por quien la justicia estadounidense ofrecía 10 millones de dólares) pasó de la lista de terroristas más buscados a ser recibido con honores en la Casa Blanca. ¿La razón? El nuevo gobierno transicional de Damasco firmó su ingreso a la Coalición Global contra ISIS. De enemigo público a aliado estratégico, en un abrir y cerrar de ojos, porque la seguridad y la estabilidad regional cotizan más alto en el mercado geopolítico que las credenciales democráticas de un mandatario.
Ante este panorama, las fuerzas democráticas venezolanas se enfrentan a un brutal despertar. La política exterior de los Estados Unidos siempre ha sido un péndulo que oscila entre la retórica de los principios y el peso específico de sus intereses económicos y de seguridad nacional. Cuando el crudo, las inversiones y el control de los flujos migratorios entran en juego, las promesas de libertad suelen diluirse en los despachos de Washington.
Al observar cómo las administraciones de Biden y Trump terminaron, por distintas vías, entendiéndose y legitimando a los jerarcas del sistema hegemónico que prometieron combatir, queda en el aire una pregunta incómoda pero ineludible: ¿Terminó la implacable “realpolitik” estadounidense por convertir en una pesadilla los legítimos sueños de libertad de los venezolanos?
