El enfrentamiento entre el Poder Judicial y la Casa Blanca, que se ha expresado en el bloqueo por parte de varios jueces a algunas medidas adoptadas por el Ejecutivo –como los abusos que está cometiendo el Departamento de Eficiencia Gubernamental (DOGE), a cargo de Elon Musk, o el bloqueo a la deportación de indocumentados, entre ellos numerosos venezolanos, a El Salvador- ha encendido las alarmas de los medios de comunicación y analistas e instituciones cuya misión consiste en seguir el curso de la democracia en el planeta.
Por ejemplo, el careo entre el prestigioso juez federal James Boasberg –quien ordenó detener el envío de detenidos a El Salvador- y Donald Trump llevó a Steven Levitsky –autor junto con Daniel Ziblatt del imprescindible libro Cómo mueren las democracias– a pronunciarse públicamente sobre el tema. Luego de anunciada la decisión, Trump descalificó al magistrado Boasberg como “activista demócrata” y de ser “un lunático de la izquierda radical”. No contento con esas ofensas, el presidente norteamericano escribió en su red social Truth Social que Boasberg no había sido electo por los votos populares, mientras él sí, y le pidió al Congreso que enjuiciara al juez por intentar impedirle que cumpliera con una de sus promesas electorales más importantes.
El exabrupto llegó a tal dimensión, que el presidente de la Corte Suprema de Justicia, el conservador John Roberts, ante quien se había juramentado Trump el 20 de enero, tuvo que salir en defensa del magistrado agredido, y regañó al presidente frente a los medios de comunicación, indicándole que el procedimiento adecuado es apelar ante la instancia correspondiente la decisión de un juez cuando no se comparte. Le dio una breve clase de Derecho Constitucional.
El comportamiento del jefe del Estado norteamericano es común en autócratas de su estirpe. Los gobernantes autoritarios se caracterizan por tratar de someter al Poder Judicial, silenciar los medios de comunicación y acallar la sociedad civil, mediante la presión, el chantaje y la fuerza. En las naciones que han disfrutado la democracia durante una larga etapa, el control de las instituciones públicas y privadas suele tomar cierto tiempo, y en algunos casos, largo tiempo. Levitsky señala como ejemplo a Turquía, donde Erdogan se tomó la molestia de asumir el dominio de los tribunales luego de un dilatado período. Ese no es el estilo de Trump, quien pretende doblegar al Poder Judicial a solo dos meses de haber llegado a la Casa Blanca. El magnate se caracteriza por la inmediatez. Mide el tiempo como si tuviese un reloj que marcha a la velocidad de la luz.
El asedio al Poder Judicial y el intento de convertirlo en una prolongación de su obediente oficina de prensa de la Casa Blanca, tomó por sorpresa a la sociedad norteamericana más democrática e identificada con los valores de la libertad. El Partido Demócrata no logra articular una respuesta coherente frente a la embestida de Trump. Kamala Harris parece que no ha podido superar el duelo de la derrota y da la impresión de que los expresidentes Clinton y Obama no se sienten obligados a salir a encarar el comportamiento antidemocrático del mandatario. Ven desde el Olimpo cómo se destruye la democracia sin sentirse comprometidos a evitar que ese ser humano destroce lo que al mundo y a Estados Unidos les ha costado tanto tiempo construir.
Para satisfacción de los demócratas del planeta, hace pocos días apareció el veterano e incansable Bernie Sanders, a los 83 años de edad, recorriendo parte del país guiado por el ideal de denunciar y combatir los desmanes de Trump contra la clase trabajadora y contra los ciudadanos más humildes. Junto a la diputada por Nueva York, Alexandria Ocasio-Cortez, cuestionó la pretensión de Trump y sus archimillonarios socios de acabar con el Medicare y otros beneficios que favorecen a los más humildes. Esperemos que la actitud valiente del senador Sanders sirva para despertar a los atolondrados dirigentes del Partido Demócrata y se convierta en un estímulo para que definan una estrategia programática y de acción ante un gobierno que crea desconcierto y desolación con las medidas que adopta.
El Poder Judicial ahora está pagando las consecuencias de no haber enjuiciado e inhabilitado a Trump cuando perpetró el intento de golpe el 6 de enero de 2021. Muchas voces se alzaron para advertir el peligro que correería la democracia y la libertad si ese magnate era candidato de nuevo y ganaba la presidencia por segunda vez. Los magistrados desestimaron las advertencias y sobreestimaron la ‘fortaleza’ de las instituciones. Ese Poder Judicial con su parálisis permitió que se instalará otra vez en la Casa Blanca un autócrata que siente un profundo desprecio por la independencia, el equilibrio y la cooperación entre los Poderes públicos. Al parecer ninguno conocía la experiencia latinoamericana y mundial con personajes similares.
Ahora los magistrados tienen la obligación de convertirse en el muro de contención de Trump.
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