martes, febrero 17, 2015

El dólar en los países socialistas; por Tomás Straka « Prodavinci


Una amiga acaba de publicar en Facebook sus penurias para conseguir un pasaje que le permita viajar al exterior. Aparentemente, en ninguno de los sitios a los que ha ido (y la conozco bien: deben haber sido todos, porque si algo la caracteriza es su perseverancia) pudieron venderle uno… es decir, uno en bolívares. Si contara con los dólares suficientes para comprarlo con una tarjeta de un banco extranjero o alguna forma de hacer una transferencia, la situación sería muy distinta. Pero ganando, como ganamos casi todos en Venezuela, en la moneda local, su situación se aproxima bastante al aislamiento. No hace falta decir que su caso no es asilado porque, al menos en ese segmento de la sociedad venezolana que viaja (o que al menos aspira a hacerlo), todos hemos oído o vivido situaciones similares. Se trata de un fenómeno más amplio, que ni remotamente ocurre por primera vez en la historia. De hecho, es uno que estructuralmente ha aparecido en prácticamente todas las sociedades en las que se han ensayado economías fuertemente estatizadas al estilo soviético, incluso en sus versiones light, como la nuestra: eso que a falta de otro nombre podríamos llamar la "dolarización socialista" o la "paradoja del dólar socialista".

En efecto, con los pasajes, como con tantas otras cosas (repuestos, un carro nuevo, el gusto de escoger la afeitadora que te dé la gana, la medicina que necesita tu mamá para no morirse, la muñeca que tu hija vio en la televisión y pidió para Navidad) el dólar ha marcado una división tajante en nuestra sociedad. Como vemos no se trata de algo restringido a la clase media y profesional, cosa que siempre le ha dado un amplio margen de acción al gobierno cuando de divisas para viajeros y líneas aéreas se trata (¿cuántos realmente se sienten afectados por eso?). Es algo que siempre ha afectado a todos, pero que ahora empiezan a sentir aquellos que normalmente no tienen relación inmediata con la divisa y que con toda seguridad sentirán cada vez más, sobre todo si el precio del dólar no deja de avanzar como lo está haciendo, con la velocidad del marcador de litros de un surtidor de combustible. Precisamente cuando con más vehemencia nos hemos declarado independientes del imperio y libres de la explotación capitalista, los venezolanos estamos más pendientes que nunca del símbolo por excelencia de ese capitalismo y de ese imperialismo: los billetes verdes que desde los acuerdos de Bretton Woods (1944) dirigen al mundo.

Así fue en casi todos los países del bloque soviético. Tanto, que incluso llegaron a legalizar esta dependencia (y subsecuente división de la sociedad) fundamentada en una moneda dura del capitalismo. El caso de la República Democrática Alemana con las Intershops en las que se vendía mercancía occidental en marcos también occidentales, es un ejemplo notable. Primero, porque estaban destinadas sólo a visitantes del exterior (básicamente personas de la República Federal que iban a visitar familiares) con el objetivo de obtener la mayor cantidad de divisas convertibles posibles. Los germanorientales no podían comprar en ellas ni, de hecho, poseer marcos occidentales. De esa manera, el "gobierno del pueblo" legalizaba un sistema tan odioso como el de los carteles de los "No tresspasing" de nuestros campos petroleros, que le impedían a los venezolanos, en Venezuela, acceder a la vida de los gringos, en especial sus bien surtidos comisariatos… La demolición de esos carteles fue uno de nuestros grandes triunfos, y en ella se empeñaron, con grados distintos, todos los gobiernos de López Contreras en adelante. La Intershop era, por el contrario, la consagración de estas formas de segregación. Y fue sólo el principio: como, de todos modos, por mil maneras distintas llegaban remesas a Alemania Oriental por parte de familiares desde Occidente, se creó un potencial mercado interno para las tiendas que el gobierno, siempre en aprietos, terminó por admitir. Así, aunque la posesión de monedas occidentales seguía siendo ilegal, quien se las arreglara para tenerlas podía comprar unos anhelados jeans, perfumes o chocolates vedados para el resto de la población.

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