El pasado 21 de enero fue el último día de gobierno del presidente de Venezuela Nicolás Maduro. Ese día venció el ultimátum que le dieron sus acólitos para obtener los fondos destinados a permitir el derrumbe del país de manera sosegada.
Durante su mensaje en la Asamblea Nacional, Maduro no dijo una sola palabra sobre el resultado de gestiones destinadas a limosnear préstamos al gobierno de Beijing por unos 20.000 millones de dólares. Pese a que en su intento de resistir el invierno de Moscú el presidente venezolano adquirió una gorra del tamaño de esas bolsas que cargan cinco kilos de papas, la indumentaria resultó inútil en la capital china.
Circulan rumores, de los cuales nos negamos a hacer eco, según los cuales Maduro fue expulsado del palacio de gobierno chino por la puerta trasera, extraviándose en los laberintos de la Ciudad Prohibida.
En ese momento debe haber anhelado los viejos tiempos, cuando detentaba el cargo de canciller y se perdía en los aeropuertos de Nueva York. Al menos siempre podía encontrar un rostro latinoamericano cordial al cual consultar por la salida y decirle que no, gracias, no era su intención ingerir substancias prohibidas. (Fue ahí cuando descubrió que los gringos le dicen “exit” a la salida e infirió que el nombre de entrada era “fracas”.)
La negativa de los chinos a seguir prestando a ese barril sin fondo que es el Banco Central chavista fue al principio un duro golpe. En primer lugar, todos los chinos son iguales. A veces Maduro ignoraba si quien le decía “Hoy no se fía, mañana tampoco, y no insista porque ordeno que lo arrojen por las escaleras, como hace Diosdado con los parlamentarios díscolos”, era el presidente Xi Jinping, el presidente del Banco del Pueblo de China, Zhou Xiaochuan, o el botones del hotel.
Y en segundo lugar, aunque muy discretos, varios funcionarios chinos le dijeron al presidente de la República Bolivariana que si no devolvía los préstamos en el plazo estipulado, le aplicarían la sanción 589 de la tortura de los mil cortes, que en circunstancias normales se emplea con maridos infieles.
Consiste en usar tenazas calentadas a 750 grados centígrados en un horno especial, y aplicarlas luego a una parte muy querida y delicada de la anatomía, aunque preferimos no entrar en detalles.
EL MAGNICIDIO BIOLÓGICO
El hecho de que Maduro parezca seguir gobernando, aunque ya no ejerce cargo alguno, obedece a los tiempos nuevos de la Revolución Bolivariana. Fue el fallecido presidente Hugo Chávez Frías quien decidió alterar la forma en que transcurría cada jornada en su amado país, adelantando o atrasando la hora, no estamos seguros. Pero una vez se impone una costumbre, vaya uno a cambiarla.
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