
El país amaneció esperando sirenas y encontró trámites. Después del hecho más grave que el propio poder dijo haber sufrido en años, el chavismo reaccionó con la compostura de quien pierde un expediente, no un presidente. Nada de sobresaltos, nada de épica desbordada, nada de ese rugido antiimperialista que solía activarse por menos. Hubo calma, demasiada calma; una serenidad casi elegante, impropia de los agredidos y muy propia de quienes ya sabían cómo seguir. Se denunció el ataque con voz de oficina pública, se habló de soberanía como quien cita un artículo olvidado, y se pasó, sin rubor, a reorganizar el mando. No parecía un régimen herido, sino uno aplicado en administrar el silencio, como si la sorpresa no hubiera sido el bombardeo, sino la ingenuidad de quienes aún esperaban una reacción.
La cronología es elocuente. Primero, la denuncia grandilocuente del ataque, la apelación inmediata a la soberanía ultrajada, la palabra “imperio” pronunciada como conjuro. Luego, el vacío operativo. Ninguna escalada, ningún acto que transforme el discurso en acción. Después, el giro: llamados al derecho internacional, al diálogo, a la estabilidad. Un lenguaje jurídico-diplomático que llega demasiado pronto para un país supuestamente bajo agresión militar. La secuencia no es caótica; es coherente. Coherente con una decisión previa: administrar el hecho, no enfrentarlo.
Las declaraciones posteriores fueron un ejercicio de contorsión narrativa. Se habló de agresión, pero se evitó la palabra guerra. Se insistió en la legitimidad del liderazgo ausente, mientras se organizaba con pulcritud la continuidad institucional. Se denunció al agresor, pero se dejó abierta —demasiado abierta— la puerta del interlocutor. El cuerpo del discurso dijo más que las palabras: rostros tensos, tonos contenidos, una coreografía de calma forzada. No es el lenguaje de un poder herido; es el lenguaje de un poder que calcula.
La juramentación de la Asamblea y la toma de posesión de Delcy Rodríguez terminaron de revelar el giro. No hubo ruptura con el pasado, sino una operación quirúrgica de continuidad. El relato no cambió; se adelgazó. Se habló de estabilidad, de gobernabilidad, de institucionalidad, de cooperacion. Palabras que rara vez inauguran una resistencia y casi siempre anuncian una negociación. El ascenso de los hermanos Rodríguez consolidó un eje que no se explica por épica revolucionaria, sino por eficiencia política: control del discurso, manejo del tiempo, administración de daños. El poder se reordenó sin ruido, como quien cambia de guardia para que nadie note que el edificio ya no es el mismo.
En ese reordenamiento, las dialécticas internas del chavismo quedaron expuestas. El viejo mito del bloque monolítico dio paso a una estructura más sincera —y más frágil—: una federación de grupos que priorizan su supervivencia. El aparato civil afinó el lenguaje; el militar eligió la inmovilidad. La conjunción es reveladora. Cuando la política baja el volumen y los cuarteles callan, no estamos ante un acto de valentía estratégica, sino ante un acuerdo tácito: no escalar, no provocar, no perder lo que aún se puede salvar.
La pregunta inevitable —¿quién decidió no responder?— no tiene una respuesta única, pero sí un perímetro claro. No fue la calle. No fueron los cuadros medios. La decisión se tomó arriba, donde se mide el costo real de cada gesto. Allí donde la retórica cede ante la aritmética del poder. Allí donde se entiende que una confrontación abierta puede ser el final, mientras que el silencio puede ser una transición. El chavismo, en su versión más descarnada, eligió negociar su continuidad antes que defender su mito.
Lo más corrosivo es que el discurso intenta negar lo evidente. Se insiste en la fortaleza mientras se practica la contención. Se proclama resistencia mientras se normaliza el hecho consumado. Esta contradicción no es un error comunicacional; es una señal. Señala que el relato fundacional ya no ordena la conducta. Señala que la épica sirve para movilizar a otros, no para decidir. Señala que el poder dejó de creer en su propia liturgia.
En política, el silencio no es neutral. Es una toma de posición. El chavismo denunció un ataque, pero actuó como si hubiera sido autorizado. No defendió el territorio con hechos; defendió la estructura con gestos. No llamó a la guerra; llamó a la calma. No rompió; administró. Esa elección no marca el fin inmediato del régimen, pero sí su mutación definitiva: de revolución a administración, de épica a trámite, de amenaza a cálculo.
La ironía final es amarga. Un poder que se proclamó invulnerable descubrió que su verdadera fortaleza no estaba en las armas, sino en la capacidad de callar a tiempo. Y un movimiento que prometió morir luchando aprendió, con rapidez admirable, a vivir negociando. No hay mayor derrota simbólica que esa: cuando el silencio deja de ser una pausa y se convierte en la estrategia de traidores cooperantes.
