
El informe de la ONU sobre el desarrollo de los recursos hídricos asegura que las mujeres y las niñas son quienes se encargan del abastecimiento y la gestión del agua en los hogares, lo cual implica esfuerzos físicos que afectan a su educación, compromete su salud y aumenta su vulnerabilidad frente a la violencia de género.
Sucre. Rosaura Díaz vive en el sector Cantarrana junto con sus dos hijos, de seis y tres años. Dos semanas después de registrarse la emergencia hídrica en el estado Sucre tuvo que dejar a los niños en casa del papá, quien vive en una urbanización de la avenida Cancamure, donde un camión cisterna va dos veces a la semana y “nos les falta el agua”.
Mientras tanto, para cubrir sus necesidades básicas, Rosaura carga botellas de refresco y botellones desde el sector las Cuatro Esquinas hacia su edificio en Cerro Sabino. Camina aproximadamente a 2.5 kilómetros de distancia con esa carga.
Tres municipios del estado Sucre y parte de Nueva Esparta tienen más de 50 días sin suministro de agua, debido al colapso del túnel trasvase Camaguán del embalse Turimiquire, que trajo como consecuencia la declaratoria oficial de emergencia hídrica el 6 de marzo. Sin embargo, ya para esa fecha había sectores que no tenían el servicio desde el 24 de febrero.

En Cantarrana también permanecieron 72 horas sin electricidad, desde el domingo 15 de marzo, por una falla del sistema cuyas razones fueron desconocidas por los vecinos porque no hubo información oficial de la Corporación Eléctrica Nacional (Corpoelec).
Rosaura perdió dos pollos que tenía congelados y gran parte de los alimentos en la nevera. “En Cantarrana no solo tenemos que cargar agua, sino que nos quedamos sin ventilación y sin señal telefónica cada vez vez que se va la luz”.
Su trajinar no es distinto al de los vecinos del Parcelamiento Miranda, en la zona norte de Cumaná, donde Marisabel Sánchez no volvió a ver el agua correr por las tuberías desde que ocurrió la emergencia. Tuvo que dejar sus sábanas manchadas casi un mes en el cesto de ropa, porque no tenía con qué lavarlas cuando le vino la menstruación.

Jardielis Fermín, ginecobstetra consultada por Crónica Uno, reconoció que la falta de agua influye de manera considerable en la higiene íntima de las mujeres. “Cuando el agua no es potable, sale turbia por las tuberías o tiene días almacenada, aumenta el riesgo de infecciones vaginales por la colonización de microorganismos (patógenos y bacterias), que alteran el PH vaginal”.
Las mujeres no solo cargan envases sino que administran el agua en sus hogares. María Bruzual, prefiere irse a casa de su mamá en el sector Sabilar, al oeste de Cumaná, que permanecer en la Villa Cristóbal Colón, donde el agua antes de la emergencia llegaba solo dos veces a la semana.
Crisis Invisibilizada
Gabriela Buada, directora de la organización Caleidoscopio Humano, explica que la vulneración del servicio básico del agua afecta de manera diferenciada a las mujeres, porque les impide tener higiene menstrual. También representa una amenaza para las embarazadas o mujeres en período de lactancia, lo cual no garantiza el derecho a la salud digna y segura.
Y a esto se suma a la precarización que implica no tener agua para las labores domésticas, que generalmente recae en las mujeres. En su opinión, es preocupante la crisis que se vive en Cumaná y su impacto diferenciado por razones de género es evidente e invisibilizado.

La defensora de los derechos humanos detalla que las mujeres mayores enfrentan el deterioro de su calidad de vida, porque deben cargar agua y ponen en peligro su aparato reproductor, así como también aumentan el riesgo de caerse y sufrir graves lesiones, tal como quedó evidenciado en el informe de la organización El Declive de los Servicios Públicos 2024.
Buada explicó que las niñas y mujeres jóvenes enfrentan una particularidad en el mismo contexto, que tiene que ver con la desnutrición y el impacto diferenciado en su adolescencia, por la afectación de factores propios del crecimiento como la alimentación, el acceso a la salud sexual y reproductiva.
“Seguimos haciendo un llamado a quienes tienen el poder para cambiar la situación para que se enfoquen en los riesgos diferenciados por razones de género que viven niñas y personas mayores, para la elaboración de programas que puedan ofrecer soluciones en cuanto a la crisis hídrica y se prioricen los servicios de salud para que nadie quede excluido” dijo.

El informe mundial de las Naciones Unidas sobre el desarrollo de los recursos hídricos asegura que las mujeres y las niñas son quienes se encargan del abastecimiento y la gestión del agua en los hogares, lo cual implica esfuerzos físicos significativos, afecta a su educación, compromete su salud y aumenta su vulnerabilidad frente a la violencia de género.
Detallan que las mujeres y niñas del mundo dedican al menos 250 millones de horas al día a recoger agua, tiempo que se podría emplear en educación, ocio o actividades que generen ingresos. Las niñas menores de 15 años de edad tienen más probabilidades que los niños, de la misma edad, de encargarse de almacenar el agua.

Riesgo para la salud
María tiene tres hijos con edades comprendidas entre los nueve y los 17 años. Ella misma los baña en la bañera que usaban cuando eran bebés, para rehusar el agua en los baños.
“Sin el agua ponemos en riesgo la salud de nuestra infancia que es muy vulnerable e incluso, los adultos mayores que tienen algún tipo de padecimiento como enfermedades inmunitarias, defensas débiles o son susceptibles a infecciones”, explicó Cecilio Acosta, pediatra intensivista.
Para el experto se trata de una situación caótica que no solo es una emergencia hídrica sino sanitaria, porque expone a la población a enfermedades gastrointestinales y dermatológicas, entre otras, que pueden hacerse epidémicas por la inadecuada distribución de agua durante un tiempo tan prolongado.
El gobierno de Sucre controla el plan de distribución de agua en las comunidades a través de las salas de autogobierno, que están representadas por mujeres, y aunque el método no es suficiente para abastecer a toda la población, mujeres y hombres salen de sus hogares cada mañana con envases para abastecerse.

Impacto económico
La emergencia hídrica también impacta en la economía familiar. Al comienzo de la emergencia los sucrenses se vieron obligados a comprar los bidones para almacenar agua, los cuales costaban entre $30 (50 litros) y 35 (70 litros). Mientras que un tambor abierto puede costar $90 y sellado se consigue en $140 nuevo.
Con el pasar de los días, y debido a la falta de presión de agua en algunas viviendas, prolifera la instalación de un sistema de bombeo de agua que puede costar $85 y elevarse hasta $130, con las conexiones.
“La falta de agua nos afecta a todos. Las mujeres tienen que dejar sus casas, sus trabajos y sus hijos porque no hay clases regulares sino virtuales, o tres días a la semana, en las escuelas que pueden comprar agua. Ellas tienen que cargar agua y luego hay ausentismo laboral por las dolencias musculares”, explica Guadalupe Berrizbeitia, representante del Movimiento de Mujeres de Sucre, quien añade que la entidad vive una emergencia humanitaria.


Berrizbeitia detalla el caso de los habitantes del centro histórico, donde se encuentra la Casa Museo del Poeta Andrés Eloy Blanco, y sus trabajadores deben recoger agua de una tubería muy cerca de la Clínica Oriente en la avenida Andrés Eloy Blanco.
“¿Cómo se alimenta el pueblo, con qué tipo de higiene, cómo se hierve el agua si tampoco llega el gas y cortan la electricidad?”.

Recuerda que las repercusiones sanitarias se sintieron en la población desde el inicio de la emergencia por problemas estomacales, debido a la falta de potabilización del agua.
“Al parecer el agua tiene mejor tratamiento, huele bastante a cloro. Ahora no sufre el estómago, pero más adelante pueden padecer los riñones. El sentimiento general de la población es el agotamiento por cargar agua”.
En su opinión, mientras se desconozca el tiempo que tomará la emergencia, los ciudadanos necesitan conocer la planificación del suministro de agua para organizar sus vidas en función de ello y no desgastarse más.
