La mañana después del ataque del 3 de enero, Venezuela despertó en silencio. No hubo gritos ni banderas ni celebraciones en las calles. Los teléfonos y las redes echaron humo, pero se corrieron las cortinas y los pocos que salieron a la calle se cruzaron miradas atónitas sin decir nada. El país amaneció conteniendo la respiración: a la espera, como tantas otras veces. En supermercados y gasolineras, la gente hablaba poco y compraba rápido. Algunos celebraron a escondidas que agentes estadounidenses detuvieran a Nicolás Maduro, brindaron en voz baja, mandaron audios que borraron enseguida. Pero la euforia duró poco. Bastaron unas horas para entender que quizá no había nada que celebrar. Y el miedo volvió. Quizá con más fuerza. Y un silencio espeso inundó las casas, cortó conversaciones y dejó llamadas sin responder. Temen hablar por teléfono, incluso en la intimidad de sus casas —“nos tienen a todos pinchados”— y hasta al otro lado de la frontera. “Está muy difícil. Dices algo y te llevan preso”, advierte un venezolano que cruza cada día la frontera con la ciudad colombiana de Cúcuta para trabajar.
Venezuela está en pausa. Mientras el chavismo se apresura en recomponer su poder, los venezolanos permanecen paralizados. Con miedo a salir a la calle. De hablar. De quedarse sin víveres. Sin gasolina. De que los vuelvan a bombardear.
La estrategia de presión de Donald Trump contra el régimen de Maduro y la cuestionada incursión en territorio venezolano para llevárselo a Estados Unidos, donde enfrenta cargos por narcotráfico, mantiene a los venezolanos —dentro y fuera del país— exhaustos. Depuesto Maduro, muchos mandaron audios a sus familiares que borraron inmediatamente después y se fueron a la cama pensando que, ahora sí, el cambio era inminente. Que después de casi tres décadas de chavismo, pasaban página.
Pero, de nuevo, el cambio no ocurrió. Y el ascenso de Delcy Rodríguez al poder, con el beneplácito de Trump, no ha hecho más que sembrar confusión. Venezuela entra, una vez más, en terreno desconocido. En modo de espera. Con muchos de sus vecinos paralizados y encerrados en casa.
Las últimas horas han transcurrido entre el silencio y la crispación. En el estado Mérida, en los Andes venezolanos, dos personas fueron apresadas por la policía local por supuestamente estar “celebrando” la captura de Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. El decreto de estado de excepción por conmoción respalda la detención de quienes promuevan y apoyen los ataques de Estados Unidos. Más razones para encerrarse en un país que acumula presos por tuitear o compartir una crítica en un estado de WhatsApp.
La terminal de autobuses de Cúcuta, ciudad colombiana fronteriza con Venezuela que estos días acoge a decenas de periodistas de medio mundo, está a rebosar. En la sala de espera, oscura y estrecha, se agolpan familias enteras cargadas de bártulos. Unas vienen, otras van. Nada fuera de lo normal. Pero detrás de las maletas más grandes hay gente que se está marchando para siempre.
Una anciana menuda, con el pelo blanco teñido de reflejos morados, corre de un mostrador a otro. Pide que no se publiquen los nombres de su familia. Ayer sacó de su casa en Maracay, en el norte de Venezuela, a sus dos nietas, dos tíos y tres bisnietos. “La abuela dijo ‘¡vámonos!’ y nos venimos corriendo. Cada uno recogió su ropita, lo poquito que tenía y nos fuimos. Nos vamos a Bucaramanga”, dice una de las nietas mientras intenta que su bebé se coma un trozo de pollo. “Tenemos miedo de otro ataque porque vivimos al lado de una base militar. Y, en realidad, de todo en general”, añade la otra. “Ya habíamos pensado en marcharnos, pero nunca así de un día para otro”, asegura.
Mientras Maduro responde ante la justicia estadounidense, el chavismo se cambia el traje a toda prisa. Delcy Rodríguez juró el cargo como presidenta encargada el lunes y su hermano Jorge asumió la presidencia de la Asamblea. Diosdado Cabello, hasta ahora número dos de Maduro, se paseó esa noche por las calles de Caracas con chaleco antibalas y más de una veintena de oficiales fuertemente armados. “¿Dudar es?”, les gritaba. “¡Traición!”, respondían los uniformados. El lema del momento del chavismo. Se especula con cambios en la cúpula militar, pero de momento todo sigue muy parecido a la vida con Maduro.
Nadie habla de elecciones. Trump tampoco. Su prioridad es el petróleo, “arreglar el país” y, después, quizá, elecciones. No se sabe en qué términos, ni cuándo, ni cuál será su encaje constitucional. Los últimos comicios, en julio de 2024, según las actas presentadas, los ganó ampliamente el partido de María Corina Machado, pero Maduro se agarró al poder. Hoy, Machado, la esperanza de millones de venezolanos, sigue relegada al banquillo mientras Estados Unidos tutela esta transición incierta e inesperada.
En Caracas, tres días después de los ataques, empieza a asomar una cotidianidad cauta. Los negocios han abierto y el transporte funciona. La urgencia por acopiar provisiones ha pasado y las colas en los supermercados han desaparecido. El movimiento es lento, como en días de asueto. El regreso a clases, previsto desde antes del ataque para el 12 de enero, sigue en pie.
En los sectores populares, sin embargo, la tensión persiste por el despliegue de los colectivos: civiles armados que controlan el territorio para el régimen, muchas veces en alianza con los cuerpos de seguridad. Controlar lo es todo: que los servicios funcionen, que los comerciantes no especulen, que los opositores estén identificados, vigilados y callados. “San Antonio está empistolado”, cuenta un vecino bajo anonimato. “Uno no puede decir nada porque lo agarran y lo desaparecen. El día del ataque soltaron a los colectivos y están en todas partes, son la mano negra del gobierno”.
En el 23 de Enero, barrio popular y bastión histórico del chavismo frente al Palacio de Miraflores, los vecinos han visto cómo estos grupos entregaban armas a otros civiles. Lo mismo se ha reportado en Antímano y Carapita. “Las cargan encima como cualquier cosa, unos hombres que seguro ni siquiera saben disparar”, dice una residente del oeste de la ciudad.
Lo que parece una confesión llega a EL PAÍS en un audio en voz baja, desde el teléfono de una venezolana exiliada en Colombia. “Vienen otras cosas más, según mi información. Podría no ser hoy ni mañana, pero viene otro ataque más”, advierte. Es la selva informativa de las redes: un día alertan de nuevos bombardeos, otro —como este lunes por la noche— de un supuesto plan de Diosdado Cabello para dar un golpe de Estado contra Delcy Rodríguez. Sin periodistas ejerciendo libremente –al menos cinco fueron detenidos el lunes en Caracas– y sin prensa extranjera autorizada, los venezolanos se pegan a las pantallas y devoran noticias, verdaderas y falsas.
Al salir de casa, esos chats amanecen vacíos. Está activado el borrado automático o se borra a conciencia cada mensaje, temerosos de que militares o colectivos revisen los teléfonos sin ningún pudor. Borran hasta los stickers de Maduro. “Yo por esto iría preso”, dice un joven venezolano que trabaja en la estación de autobuses de Cúcuta captando viajeros. En su pantalla aparece un vídeo hecho con inteligencia artificial en el que se ve a Trump celebrando la captura de Maduro con un baile ridículo.

