El Aeropuerto Internacional Arturo Michelena enfrenta una demanda inédita tras los terremotos del 24 de junio. Entre cifras oficiales de adaptación y las quejas de usuarios por largas esperas, costos adicionales e infraestructura limitada, la terminal carabobeña busca sostener las operaciones internacionales del país.

Valencia. Llegar ocho horas antes, pasar la madrugada de pie a la intemperie y afrontar sobrecostos imprevistos se convirtió en la nueva rutina para volar fuera de Venezuela.

Tras los terremotos del 24 de junio y la consecuente paralización en la terminal de Maiquetía, el Aeropuerto Internacional Simón Bolívar, tradicionalmente el núcleo operativo y punto neurálgico del tráfico aéreo del país, el aeropuerto de Valencia asumió de golpe un volumen de tráfico internacional para el que nunca fue concebido.

Mientras las autoridades regionales destacan la movilización de más de 60.000 pasajeros mediante áreas de contingencia, en los exteriores del Arturo Michelena, la principal terminal aérea del estado Carabobo, la falta de información clara y las largas colas ponen a prueba la paciencia de quienes buscan abordar hacia destinos en Europa o América.

Esta emergencia transformó por completo la dinámica del lugar. Lo que durante años fue una terminal regional pasó a convertirse repentinamente en la principal puerta de entrada y salida internacional del país, un cambio abrupto que obligó al Gobierno de Carabobo a reorganizar espacios, habilitar nuevas áreas de espera y reforzar la atención a miles de viajeros que ahora llegan desde distintos estados.

Espera a la intemperie

En medio del caos el gobernador, Rafael Lacava, presentó dos nuevas salas de contingencia, o espacios provisionales habilitados para responder de forma rápida a situaciones críticas, destinadas al embarque, el proceso donde el usuario aborda la aeronave, y desembarque de pasajeros internacionales.

Según precisó, diariamente son atendidas alrededor de 370 personas y, desde que comenzó la contingencia, el Arturo Michelena ha movilizado 61.606 pasajeros y 718 operaciones aéreas entre aterrizajes y despegues.

A juicio del mandatario regional, el aeropuerto ha logrado responder a una situación extraordinaria manteniendo los estándares de seguridad exigidos para la aviación internacional.

Sin embargo, apenas unos metros más allá del recorrido oficial, la realidad comienza a adquirir otro matiz. Afuera del edificio principal, las filas empiezan a formarse incluso antes del amanecer.

Muchos pasajeros llegan entre las cuatro y cinco de la mañana por temor a perder sus vuelos. Algunos vienen desde Caracas, otros desde Barinas, Maracay o los estados andinos. La incertidumbre los lleva a adelantar su llegada varias horas, aunque las aerolíneas no hayan iniciado todavía el proceso de chequeo, la fase previa en la que se confirman boletos, se entrega la documentación de viaje y se factura el equipaje.

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Fotografía: Armando Díaz.

Toldos e incertidumbre

Mientras los funcionarios organizan el ingreso por grupos, decenas de personas permanecen de pie bajo los toldos instalados recientemente. Por lo general, las conversaciones giran alrededor del mismo tema: cuánto tiempo falta para entrar, si el vuelo mantiene el horario previsto o si habrá algún nuevo cambio de última hora.

Carlos Mendoza llegó desde Maracay para tomar un vuelo con destino a Madrid. Su itinerario, o la ruta detallada y la secuencia programada de su viaje, cambió completamente después del cierre operativo de Maiquetía y, aunque entiende que se trata de una contingencia nacional, considera que la terminal de Valencia quedó rápidamente desbordada por la cantidad de usuarios.

“La organización todavía tiene muchas fallas. Nos pidieron venir con seis horas de anticipación, pero la gente llega incluso ocho horas antes porque nadie quiere correr el riesgo de quedarse por fuera. El problema es que uno pasa toda la mañana esperando sin información clara”, relató mientras observaba cómo la fila apenas avanza unos metros.

No cuestionó al personal, sino a la propia terminal. La infraestructura, insistió, fue pensada para muchos menos viajeros, y esa carencia se nota en cada fase del recorrido: filas, espacios reducidos, falta de ventilación y demoras encadenadas que revelan un diseño superado por la realidad.

“Uno entiende que es una emergencia, pero aquí hace falta mucho más espacio. Hay adultos mayores, familias con niños pequeños y personas que llevan varias horas de pie bajo el calor. Todo eso genera desesperación”.

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Fotografía: Armando Díaz.

Terminal desbordada

A pocos metros de él, Beatriz Herrera esperaba viajar hacia Bogotá para luego continuar rumbo a Orlando. Decidió trasladarse a Valencia la noche anterior para evitar el tráfico desde Caracas y llegar con suficiente tiempo.

La estrategia le permitió completar el chequeo sin mayores inconvenientes, aunque reconoce que la situación comenzó a complicarse conforme se acercaba la salida de otros vuelos.

“Al principio todo iba relativamente rápido, pero después empezó a llegar muchísima gente. Las maletas comenzaron a acumularse y ya no había espacio suficiente. Uno siente que el aeropuerto está haciendo un esfuerzo enorme, pero también que no estaba preparado para recibir esta cantidad de pasajeros”,

dijo.

Para Herrera buena parte de la ansiedad nace por la falta de información por parte de las aerolíneas y autoridades. Muchos viajeros desconocen cuánto tardará cada procedimiento y eso provoca que lleguen excesivamente temprano, aumentando todavía más la congestión, el embotellamiento y la aglomeración que ralentiza el flujo normal de viajeros.

“No creo que sea necesario venir ocho horas antes, pero la gente lo hace porque nadie quiere perder un vuelo que hoy cuesta muchísimo dinero”, admitió.

La contingencia también ha encarecido viajar. Pasajeros denuncian cambios en políticas de equipaje, escalas no previstas y gastos adicionales que no estaban al comprar sus boletos meses atrás.

Fotografía: Armando Díaz.

Sobrecostos “de emergencia”

Miguel Salazar, quien también esperaba abordar un vuelo hacia Europa, con destinos internacionales como Madrid o Roma, contó que debió pagar por equipaje adicional después de recibir condiciones distintas a las inicialmente contratadas.

No todos los viajeros comparten una visión completamente negativa. Ricardo Méndez, empresario caraqueño con destino a Miami vía Panamá, reconoció que la contingencia era inevitable después de los daños sufridos por Maiquetía y considera que el aeropuerto ha logrado mantener la operación dentro de circunstancias excepcionales.

“Yo esperaba encontrar algo mucho peor. Sí hay colas, pero al final los vuelos están saliendo. El verdadero problema es que Valencia nunca fue diseñada para convertirse en el principal aeropuerto internacional del país”, adujo.

Aun así, también cuestiona la ausencia de mecanismos de prioridad institucional para adultos mayores y personas con movilidad reducida. Es decir, pasajeros que presentan dificultades físicas para desplazarse o mantenerse de pie por periodos prolongados.

Fotografía: Armando Díaz.

Demanda multiplicada

Precisamente esa es una de las observaciones que más se repite entre los pasajeros. La infraestructura responde como puede a una demanda que multiplicó varias veces su capacidad habitual.

Antes de la emergencia, el aeropuerto Arturo Michelena manejaba unos 300 pasajeros diarios con solo tres aerolíneas internacionales. Hoy, según trabajadores y usuarios, la cifra supera ampliamente los 2000 viajeros por día.

El contraste entre los datos oficiales, que celebran la rápida adaptación, y la experiencia de los pasajeros, que describen una terminal desbordada, evidencia la magnitud del desafío.

Pero cuando se cumple más de un mes, Ana Ortiz va a viajar a España y para llegar al terminal salió muy temprano desde Falcón, luego pasó por un pueblo de Lara para luego llegar hasta Valencia.

Es joven y, para ella, la única molestia es la larga cola. Está en la segunda zona de toldos, afuera del aeropuerto. En este mes de caos, el toldo ha cambiado: ahora está cubierto de publicidad de una conocida cadena de electrodomésticos, y parece que pronto le pondrán aire acondicionado.

Confort en euros

Cuando se le consulta por las nuevas áreas de espera anunciadas por el gobernador Lacava, esta responde que solo se puede acceder a ellas si los pasajeros pagan 85 euros como cobro o tarifa por un servicio de acceso VIP, una categoría de atención prioritaria y diferenciada.

“Con esto pasas a la sala con aire acondicionado y asientos y el personal del aeropuerto se encarga de tu proceso de check in”.

Pero no todo el mundo dispone de esa cantidad y se hace evidente en las largas colas. Paradójicamente, la crisis terminó mostrando el papel estratégico que puede desempeñar Valencia dentro del sistema aeroportuario venezolano.

La ciudad logró sostener buena parte de las conexiones internacionales del país en uno de los momentos más complejos de los últimos años.

Pero también dejó una pregunta abierta que trasciende la emergencia sísmica: si el Arturo Michelena ha de convertirse en una alternativa permanente para la aviación internacional, su infraestructura necesitará mucho más que salas provisionales y parches de contingencia. El flujo de pasajeros ya no es excepcional, y sostenerlo exigirá transformaciones estructurales que van más allá de lo que hoy se ofrece.