
Mientras los funcionarios de Trump exigen cambios, la familia Castro reaparece en la escena política de Cuba. Algunos incluso se preguntan: ¿Podría alguno de ellos ser la “Delcy de Cuba”?
Mientras los funcionarios de Trump exigen cambios, la familia Castro reaparece en la escena política de Cuba. Algunos incluso se preguntan: ¿Podría alguno de ellos ser la “Delcy de Cuba”?
Cuando el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, reconoció este mes que su gobierno mantenía conversaciones secretas con el gobierno de Donald Trump, reveló que la persona que dirigía las negociaciones era el “líder histórico de nuestra revolución”.
Ese honorífico calificativo está reservado a Raúl Castro, de 94 años, quien sucedió a su hermano Fidel Castro como presidente de Cuba de 2008 a 2018, antes de retirarse de la escena pública para proyectar una imagen de transición civil bajo Díaz-Canel.
Pero con Cuba al borde del colapso económico por el bloqueo petrolero estadounidense y sumida en una crisis humanitaria cada vez más grave, otros miembros de la familia Castro han salido de las sombras.
Uno de ellos ha hablado directamente con Marco Rubio, secretario de Estado estadounidense. Otro participa en las negociaciones con el gobierno de Trump. Otro es la figura pública de la innovadora (y tentadora) decisión de Cuba de permitir que los exiliados cubanos inviertan en la isla.
El nuevo perfil de la familia refleja una dinastía que realmente nunca se retiró de la escena política, sino que evolucionó.
Incluso mientras los funcionarios de Trump aumentan la presión para que se produzcan cambios económicos radicales en Cuba y presionan para que se destituya a Díaz-Canel, el sucesor elegido a dedo por Raúl Castro como presidente, la familia Castro, vilipendiada durante mucho tiempo por los dirigentes estadounidenses, está posicionando a sus nuevas generaciones como los máximos agentes de poder de la nación.
“Esto podría generar un caso absurdo de ‘descastrificación’, en el que la familia crea una ilusión de cambio cuando el verdadero poder en Cuba aún reside en ellos y en otros miembros de la élite posterior a 1959”, dijo Andrés Pertierra, historiador de Cuba en la Universidad de Wisconsin.

Los Castro han marcado la suerte de Cuba desde 1959, cuando Fidel y Raúl Castro, hijos de un rico propietario de plantaciones de azúcar, dirigieron la revolución que derrocó un viejo orden alineado con Estados Unidos. Trasladaron a Cuba a la órbita soviética, lo que convirtió a la isla caribeña en un actor central de la Guerra Fría.
Fidel Castro, quien murió en 2016, fue el carismático “Líder Máximo” de la Revolución cubana. Raúl Castro mantuvo durante mucho tiempo un perfil bajo y actuaba como principal enlace con Moscú y arquitecto organizativo de la revolución, dando prioridad a la burocracia, las jerarquías claras y la eficacia administrativa.
Los hermanos Castro se enfrentaron a muchos desafíos a su gobierno, incluidos complots de asesinato de la CIA, un embargo estadounidense que duró décadas y el colapso de la Unión Soviética, antaño principal benefactor de Cuba. Venezuela había sustituido a los soviéticos al convertirse en el principal proveedor de petróleo de Cuba, hasta que las fuerzas estadounidenses capturaron a Nicolás Maduro en enero.
Ahora, cuando Estados Unidos ha ordenado a Venezuela que detenga los envíos de petróleo a Cuba, la familia se enfrenta a lo que puede ser su mayor desafío: una escasez de combustible que hace tambalear la economía cubana y plantea interrogantes sobre la supervivencia del represivo gobierno comunista de la isla.
El bloqueo estadounidense del combustible pretende producir un régimen dócil a las exigencias estadounidenses, similar a la forma en que Venezuela pasó de ser un adversario a un Estado cliente con la captura de Maduro.
Rubio, al referirse a Cuba, dijo este mes que “los que están al mando no saben cómo solucionarlo, así que tienen que poner a gente nueva al mando”.
Sustituir a los Castro, si eso es lo que desea Estados Unidos, es una tarea difícil.
Raúl Castro, quien según reportes se mantiene lúcido y con relativa buena salud para un hombre de su edad, preside la familia. Desde que dimitió en 2018, su prestigio y poder siguen arraigados en su condición de la figura militar más poderosa de Cuba. Como ministro de Defensa de Fidel Castro, supervisó la creación de GAESA, un extenso conglomerado empresarial dirigido por militares que es la fuerza económica más importante de Cuba.
Los hijos y nietos de Raúl ocupan cargos oficiales más destacados en la Cuba actual que los descendientes de Fidel, uno de los cuales es una celebridad de Instagram conocida por alardear una vida de lujos en La Habana.

Uno de los nietos de Raúl Castro, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, de 41 años, ha surgido como un nuevo actor en la crisis. Conocido como Raúlito, también conocido como “El Cangrejo”, en referencia a que nació con seis dedos en una de sus manos.
Rodríguez Castro ha formado parte del equipo de seguridad de su abuelo, pero en la actualidad trabaja sobre todo como su ayudante personal. En su día fue un personaje habitual en los círculos sociales de la élite cubana, y con frecuencia pasaba el rato con músicos populares como la Charanga Habanera, quienes asistieron a su boda en 2008 en un club militar de élite.
Ahora, Raúlito también desempeña un papel de mensajero en las negociaciones con el gobierno de Trump, y se reunió con el equipo de Rubio en un reciente acto celebrado en San Cristóbal y Nieves, donde se habían reunido las naciones caribeñas.
Para sorpresa de quienes se habían acostumbrado a verlo operar entre bastidores, Raúlito apareció este mes en la televisión estatal sentado junto a los miembros de más alto rango del régimen cuando Díaz-Canel reveló las conversaciones con Washington.
El hijo único de Raúl, Alejandro Castro Espín, de 60 años, también está resurgiendo tras haber desaparecido en gran medida de la vida pública cuando su padre dejó la presidencia. Ingeniero educado y formado en Cuba y en la Unión Soviética, y general de brigada del ejército cubano, ha desempeñado funciones directivas en el aparato de inteligencia cubano y ha escrito libros críticos con Estados Unidos, como Imperio del Terror.
Según informan los medios de comunicación, Castro Espín también desempeña un papel destacado en las conversaciones con funcionarios estadounidenses. Este papel no es nuevo para él; en 2014 lideró la parte cubana en las conversaciones secretas con el gobierno de Obama que produjeron un breve acercamiento en las relaciones con Estados Unidos.

Otro miembro de la familia Castro que ha cobrado protagonismo de forma repentina es Óscar Pérez-Oliva Fraga, de 54 años, un ingeniero de voz suave y sobrino nieto de Raúl y Fidel Castro. Actualmente, es viceprimer ministro y ministro de Comercio Exterior y la Inversión Extranjera de Cuba.
Pérez-Oliva saltó a la palestra este mes tras anunciar uno de los mayores cambios políticos desde que los Castro tomaron el poder en 1959: permitir a los exiliados cubanos poseer empresas e invertir en Cuba.
Esto convirtió a Pérez-Oliva en el rostro público de la estrategia de supervivencia del régimen. También dio pie a que se hablara de si podría ser la versión cubana de la nueva dirigente venezolana afín a Trump, Delcy Rodríguez, una persona más joven y más favorable a Estados Unidos, quien puede hablar el lenguaje de los negocios internacionales y ceder a las exigencias de Washington.
Estos atributos, junto con el hecho de no tener “Castro” en su nombre, podrían hacerlo aceptable para un gobierno de Washington que valora más el acatamiento del régimen que su colapso, afirman algunos analistas políticos.
Al mismo tiempo, sus vínculos familiares podrían permitirle apuntalar el apoyo político entre quienes, dentro de las estructuras de poder de Cuba, ven a los Castro como una fuente de estabilidad y legitimidad revolucionaria.

El reciente nombramiento de Pérez-Oliva Fraga como diputado de la Asamblea Nacional de Cuba también se considera un movimiento calculado, ya que, según la legislación cubana, solo los diputados pueden ser presidentes, dijeron algunos expertos.
“Quizá tenga futuro”, dijo Brian Latell, exanalista de la CIA y experto en Cuba, en referencia a Pérez-Oliva. “Los cubanos no carecen de influencia. Trump no quiere un colapso social bajo su mandato”.
La participación de tantos Castro en la estrategia de supervivencia del régimen subraya una de las contradicciones de la Revolución cubana: mientras sus líderes comunistas pretendían crear una sociedad igualitaria y sin clases, muchos de ellos se convirtieron en miembros de una élite.
Los descendientes de los Castro se encontraban entre los miembros más privilegiados de esta nueva clase dirigente, cuyos miembros a menudo estudiaban en institutos como el Instituto Vocacional Lenin, en su día la joya de la corona del sistema educativo revolucionario cubano, o socializaban en locales como el Club Habana, originalmente el prerrevolucionario Biltmore and Country Club de La Habana.
Aun así, la posibilidad de que la familia que dirige el sistema político autoritario de Cuba conserve su poder desilusionaría a muchos exiliados cubanos en Estados Unidos. Algunos llevan décadas presionando para que los Castro sean completamente apartados del poder y se elimine toda influencia comunista en Cuba.

Los Castro son conocidos por su astucia como negociadores, lo que les ha permitido salir de situaciones difíciles en el pasado, dijo Ricardo Zúniga, exfuncionario estadounidense que ayudó a negociar la apertura de Cuba con el expresidente Barack Obama y que también trabajó para el presidente Trump.
Las conversaciones de Obama duraron 18 meses, en parte porque las reuniones se celebraron en secreto, sobre todo en Canadá, y los equipos negociadores eran minúsculos.
Quienes esperen un resultado similar al de Venezuela en Cuba también podrían verse sorprendidos. La élite política de Venezuela, dividida en bandos con objetivos económicos diferentes, era relativamente conflictiva antes de la captura de Maduro, lo que facilitó que los funcionarios de Trump se decantaran por alguien como Rodríguez, una tecnócrata que ya había introducido reformas orientadas al mercado, destinadas a mejorar la economía de Venezuela.
La élite cubana, en cambio, está mucho más cohesionada, después de décadas de purgas y operaciones de contraespionaje que detectaban hasta el más mínimo signo de disidencia. Los miembros de la familia Castro se han beneficiado consistentemente de este sistema.
“No hay oposición al acecho ni nadie como Delcy”, dijo Zúniga. Incluso en medio de tantos desafíos, esa diferencia crucial podría reforzar la posición de los Castro mientras exploran formas de aferrarse al poder.
“Se dan las condiciones”, dijo, “para que uno pueda imaginarlos intentando pasar de una oligarquía revolucionaria a una oligarquía capitalista”.
Simon Romero es corresponsal del Times y cubre México, América Central y el Caribe. Reside en Ciudad de México.
