Desde los tiempos del terremoto del 26 de marzo de 1812 y el deslave de Vargas en 1999, no habíamos tenido una tragedia que igualara a ambas, como este doble terremoto actual que mantiene a los venezolanos entre el colapso, la tristeza y la solidaridad.
El sismo de 1812 en Caracas no solo fue devastador, sino un símbolo de las crisis políticas y sociales. En esos días, mientras la Primera República debatía su futuro y veía tambalear sus cimientos con la pérdida de Puerto Cabello, la naturaleza descargó su sentencia a las 4:10 de la tarde.
José Domingo Díaz, testigo ocular, documentó cómo, tras la destrucción de la Catedral, el pánico se apoderó de la ciudad en apenas veinte segundos.
Mientras el clero y la élite realista interpretaban el sismo como un castigo divino contra la insurgencia, Simón Bolívar, intentando despejar ruinas, exclamó: "¡Si se opone la Naturaleza, lucharemos contra ella y la haremos que nos obedezca!", convirtiendo la adversidad en un llamado a la solidaridad y la resistencia.
Este terremoto, que dejó miles de fallecidos y redujo a escombros la arquitectura colonial, no solo fracturó la geografía caraqueña, sino que marcó un hito en la memoria colectiva, demostrando que ni la furia telúrica pudo doblegar al libertador y su pueblo.
Hoy, en medio del dolor que nos embarga mantengamos la misma firmeza y solidaridad de nuestro libertador, porque a pesar de que la tierra crujió y nos golpeó hasta el alma, en hermandad saldremos adelante, porque Venezuela es como nuestro Santo Ángel un chorro de vida que no cesa.
Venezuela se levantará con la fuerza de la unión y la esperanza.

