Republica del Zulia

Julio Portillo: Necesitamos entonces promover el regionalismo como protesta al excesivo centralismo en todos los órdenes. Tenemos que despertar la conciencia política de la provincia.

viernes, enero 09, 2026

Traidores cooperantes: las sospechas que dejó el silencio


El país amaneció esperando sirenas y encontró trámites. Después del hecho más grave que el propio poder dijo haber sufrido en años, el chavismo reaccionó con la compostura de quien pierde un expediente, no un presidente. Nada de sobresaltos, nada de épica desbordada, nada de ese rugido antiimperialista que solía activarse por menos. Hubo calma, demasiada calma; una serenidad casi elegante, impropia de los agredidos y muy propia de quienes ya sabían cómo seguir. Se denunció el ataque con voz de oficina pública, se habló de soberanía como quien cita un artículo olvidado, y se pasó, sin rubor, a reorganizar el mando. No parecía un régimen herido, sino uno aplicado en administrar el silencio, como si la sorpresa no hubiera sido el bombardeo, sino la ingenuidad de quienes aún esperaban una reacción.

La cronología es elocuente. Primero, la denuncia grandilocuente del ataque, la apelación inmediata a la soberanía ultrajada, la palabra “imperio” pronunciada como conjuro. Luego, el vacío operativo. Ninguna escalada, ningún acto que transforme el discurso en acción. Después, el giro: llamados al derecho internacional, al diálogo, a la estabilidad. Un lenguaje jurídico-diplomático que llega demasiado pronto para un país supuestamente bajo agresión militar. La secuencia no es caótica; es coherente. Coherente con una decisión previa: administrar el hecho, no enfrentarlo.

Las declaraciones posteriores fueron un ejercicio de contorsión narrativa. Se habló de agresión, pero se evitó la palabra guerra. Se insistió en la legitimidad del liderazgo ausente, mientras se organizaba con pulcritud la continuidad institucional. Se denunció al agresor, pero se dejó abierta —demasiado abierta— la puerta del interlocutor. El cuerpo del discurso dijo más que las palabras: rostros tensos, tonos contenidos, una coreografía de calma forzada. No es el lenguaje de un poder herido; es el lenguaje de un poder que calcula.

La juramentación de la Asamblea y la toma de posesión de Delcy Rodríguez terminaron de revelar el giro. No hubo ruptura con el pasado, sino una operación quirúrgica de continuidad. El relato no cambió; se adelgazó. Se habló de estabilidad, de gobernabilidad, de institucionalidad, de cooperacion. Palabras que rara vez inauguran una resistencia y casi siempre anuncian una negociación. El ascenso de los hermanos Rodríguez consolidó un eje que no se explica por épica revolucionaria, sino por eficiencia política: control del discurso, manejo del tiempo, administración de daños. El poder se reordenó sin ruido, como quien cambia de guardia para que nadie note que el edificio ya no es el mismo.

En ese reordenamiento, las dialécticas internas del chavismo quedaron expuestas. El viejo mito del bloque monolítico dio paso a una estructura más sincera —y más frágil—: una federación de grupos que priorizan su supervivencia. El aparato civil afinó el lenguaje; el militar eligió la inmovilidad. La conjunción es reveladora. Cuando la política baja el volumen y los cuarteles callan, no estamos ante un acto de valentía estratégica, sino ante un acuerdo tácito: no escalar, no provocar, no perder lo que aún se puede salvar.

La pregunta inevitable —¿quién decidió no responder?— no tiene una respuesta única, pero sí un perímetro claro. No fue la calle. No fueron los cuadros medios. La decisión se tomó arriba, donde se mide el costo real de cada gesto. Allí donde la retórica cede ante la aritmética del poder. Allí donde se entiende que una confrontación abierta puede ser el final, mientras que el silencio puede ser una transición. El chavismo, en su versión más descarnada, eligió negociar su continuidad antes que defender su mito.

Lo más corrosivo es que el discurso intenta negar lo evidente. Se insiste en la fortaleza mientras se practica la contención. Se proclama resistencia mientras se normaliza el hecho consumado. Esta contradicción no es un error comunicacional; es una señal. Señala que el relato fundacional ya no ordena la conducta. Señala que la épica sirve para movilizar a otros, no para decidir. Señala que el poder dejó de creer en su propia liturgia.

En política, el silencio no es neutral. Es una toma de posición. El chavismo denunció un ataque, pero actuó como si hubiera sido autorizado. No defendió el territorio con hechos; defendió la estructura con gestos. No llamó a la guerra; llamó a la calma. No rompió; administró. Esa elección no marca el fin inmediato del régimen, pero sí su mutación definitiva: de revolución a administración, de épica a trámite, de amenaza a cálculo.

La ironía final es amarga. Un poder que se proclamó invulnerable descubrió que su verdadera fortaleza no estaba en las armas, sino en la capacidad de callar a tiempo. Y un movimiento que prometió morir luchando aprendió, con rapidez admirable, a vivir negociando. No hay mayor derrota simbólica que esa: cuando el silencio deja de ser una pausa y se convierte en la estrategia de traidores cooperantes.

https://www.elnacional.com/


Así es la impactante relación entre la red de Maduro y el Tren de Aragua que destapó EEUU por Gabriela Moreno


La participación del 'Niño Guerrero' en la red de Maduro era parte de su negocio delincuencial, considerando que recibía una comisión por cada kilogramo de cocaína transportado o recibido y, en ocasiones, recibía una parte de estos enormes cargamentos de cocaína en lugar de un pago, así lo precisa la acusación de la Fiscalía.
Así es la impactante relación entre la red de Maduro y el Tren de Aragua que destapó EEUU
La vinculación de Maduro con el líder de la banda Tren de Aragua está clara en el documento fiscal en su contra. (PanAm Post)
Suscripción digital

Desde ahora y hasta el comienzo del juicio en contra Nicolás Maduro en Estados Unidos en marzo, el proceso además de centrarse en él, en conjunto con su esposa, Cilia Flores; el vicepresidente del Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV), Diosdado Cabello; así como el exministro de Interior Ramón Rodríguez Chacín, también tendrá como protagonista a Héctor Flores, líder de la banda criminal «Tren de Aragua», conocido como ‘Niño Guerrero’, quien aparece en la acusación formal presentada en la Corte de Distrito de los Estados Unidos para el Distrito Sur de Nueva York (SDNY) por proporcionar escoltas armados y logística.

La vinculación de la red de Maduro con el líder de la banda está clara en la imputación de la Fiscalía. A lo largo de sus 25 páginas plantea que «el acusado participa, perpetúa y protege una cultura de corrupción en la que las poderosas élites venezolanas se enriquecen mediante el tráfico de drogas y la protección de sus socios narcotraficantes».

Además, en el documento se recalca que las ganancias de esa actividad ilegal fluyen hacia funcionarios corruptos civiles, militares y de inteligencia. Sobre estos insiste en que operan en «un sistema de clientelismo dirigido por los que están en la cima».

Líder clave en la trama de Maduro 

En la acusación hay detalles sobre el funcionamiento de la trama en la cual ‘Niño Guerrero’ es clave. Uno de ellos revela que entre 2006 y 2008 el líder del Tren de Aragua, quien figura también como acusado, trabajó con Walid Makled, «uno de los mayores narcotraficantes de Venezuela» de ascendencia siria que permanece prófugo.

Para sustentar esta relación, el expediente S4 11 Cr. 205 (AKH), el cual constituye es una versión más amplia de la acusación presentada en 2020 por el fiscal Jay Clayton, subraya que miembros del régimen chavista ayudaron a proteger los envíos de cocaína de Makled que se transportaban desde San Fernando de Apure (Venezuela) a Valencia (Venezuela). Posteriormente, se enviaban en avión desde el aeropuerto internacional de Valencia a México y otros lugares de América Central para su posterior distribución en Estados Unidos.

El rol de ‘Niño Guerrero’ aparece descrito. Según las evidencias recabadas, entre 2008 y 2009, Guerrero brindó protección para los envíos de drogas que transitaban por Venezuela, proporcionando hombres armados que portaban granadas y armas automáticas, AK-47, MP5 y AR-15. Incluso, se alega que acompañó personalmente «grandes cargamentos de cocaína» hacia aeropuertos o pistas de aterrizaje para su transporte hacia el norte y su eventual distribución en los Estados Unidos».

Un negocio pactado

La participación de Guerrero en la red de Maduro era parte de su negocio delincuencial, considerando que recibía una comisión por cada kilogramo de cocaína transportado o recibido y, en ocasiones, recibía una parte de estos enormes cargamentos de cocaína en lugar de un pago, así lo precisa la acusación.

Su incursión con la cúpula del chavismo comenzó en 2019. Lo hizo tras pactar el tráfico de drogas con «una persona que él creía que trabajaba con el régimen venezolano». Ahí comenzó su historial que incluía no sólo los «servicios de escolta» a lo largo de la costa del estado Aragua sino de «cunas» para almacenar los estupefacientes en playas.

Bajo esta argumentación, el fiscal afirma que el ‘Niño Guerrero’ se unió de forma » intencionada y conscientemente» para conspirar, confederar y acordar la violación de las disposiciones del Título 21, del Código de los Estados Unidos, Capítulo 13, Subcapítulo II.

Designación terrorista sin cambios

La calificación del Tren de Aragua como organización terrorista extranjera (FTO, por sus siglas en inglés) también se destaca en la acusación contra Maduro, por mantener una serie de actividades delictivas mediante alianzas con otros grupos delictivos que operan en el hemisferio.

El fiscal recalca que esa designación hecha en febrero de 2025 por el Departamento de Estado, de conformidad con el artículo 219 de la Ley de Inmigración y Nacionalidad (INA, por su sigla en inglés), se mantiene en la presentación de esta acusación sustitutiva.

Además, añade que Maduro junto a Cabello y Rodríguez Chacín facilitaron el empoderamiento y el crecimiento de organizaciones narcoterroristas como las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional (ELN). Ambas trabajaron con el Tren de Aragua y altos funcionarios venezolanos para aumentar del valor de la cocaína en cada punto de transbordo a lo largo del camino hacia los Estados Unidos, donde la demanda y, por lo tanto, el precio es más alto.