Republica del Zulia

Julio Portillo: Necesitamos entonces promover el regionalismo como protesta al excesivo centralismo en todos los órdenes. Tenemos que despertar la conciencia política de la provincia.

sábado, enero 10, 2026

Jorge Castañeda: Nicolás Maduro; López Obrador y la Doctrina Donroe



Desde el punto de vista del derecho internacional, la captura de Nicolás Maduro por Estados Unidos es claramente violatorio del mismo. Tanto de la Carta de las Naciones Unidas, como incluso del Artículo 8 bis del Estatuto de Roma, agregado en 2010 en Uganda, que define lo que es un crimen de agresión, y que ha sido citado con mucha razón por Santiago Corcuera. Sólo es legal el acto estadounidense desde el punto de vista del derecho de ese país, basado en la aplicación extraterritorial de su justicia, el famoso “long reach of the law”.

Pero como dirían Putin Claudia Sheinbaum, conviene ver también las causas o raíces profundas, o el contexto de los acontecimientos del 3 de enero. La responsabilidad de todo ello recae claramente en cuatro personas: Joe Biden, Lula, López Obrador y Gustavo Petro. Trump pudo intervenir en Venezuela porque los cuatro mandatarios citados no pudieron, o no supieron, o no quisieron, convencer, obligar, amenazar o imponerle a Maduro la aceptación de los resultados de las elecciones del 28 de julio de 2024. De haberlo forzado a reconocer su derrota aplastante por Edmundo González, Trump y Rubio carecerían del pretexto o la justificación de la ilegitimidad para su ataque. Los cuatro se hicieron tontos: López Obrador con su no intervencionismo de pacotilla, Lula enviando a Celso Amorim a pasar semanas a Caracas sin hacer nada, Petro con su estridencia, y Biden, evitando cualquier amenaza o realidad del uso de la fuerza -por ejemplo, una cuarentena a las exportaciones de petróleo venezolano. Los cuatro contaban con los votos en la OEA para aprobar una resolución que le diera cobertura jurídica regional, y para invocar la Carta Democrática Interamericana como fundamento. No quisieron. A pesar de su animosidad personal hacia Maduro, fue una más de las consecuencias de la afinidad ideológica, del antiamericanismo, de la nostalgia procubana, de Lula, de AMLO y de Petro, y de la pasividad e incompetencia de Biden. Allí tienen el resultado. Y, por cierto, ojalá Sheinbaum defendiera con la misma vehemencia los derechos humanos y democráticos de los venezolanos, como lo hace de sus interminables lugares comunes sobre la no intervención y la “autodeterminación” de los pueblos. Tal vez el Consultor Jurídico de la SRE, o una veintena de juristas internacionales mexicanos, le podrían explicar lo que significa ese último término.

Quizás Trump igual hubiera invadido a Venezuela, ya sea por sus acusaciones de santuario del narcotráfico y del crimen internacional, o por el petróleo, ya sea por su singular interpretación de la Doctrina Monroe, del corolario Roosevelt, y de las esferas de influencia de la escuela realista de las relaciones internacionales. Lo ignoro, como desconozco la verdadera motivación de Trump, ya que cada una de las que ha esgrimido en público contiene más hoyos que el mejor gruyère suizo. Sobre todo la del readvenimiento de la dominación estadounidense en el hemisferio occidental.

La lógica del pronunciamiento de 1823, y su extensión en 1905, fue que Estados Unidos no permitiría la presencia de potencias extranjeras en el hemisferio occidental, y que utilizaría la fuerza para evitarla. No se trató de un ukase contra los países recién independizados —salvo Cuba Puerto Rico— sino contra las potencias europeas, sobre todo Inglaterra. Hoy, la afirmación de Trump se refiere obviamente a Rusia y a China, pero en realidad a esta última, ya que la primera es, como dijeron Obama o McCain, una gasolinera con armas nucleares y no representa ninguna competencia para Estados Unidos en América Latina. La única lógica pertinente de Trump consiste en desterrar a China de donde se encuentra en la región, e impedir su llegada donde aún no aparece. La segunda pretensión resulta redundante, la primera se antoja inverosímil.

La llamada Cuenca del Caribe, a saber, México, Centroamérica y las islas de ese mar, se encuentra integrada a la economía de Estados Unidos desde finales del siglo XIX. El comercio, la inversión extranjera, el turismo, la migración, el crimen organizado, las telecomunicaciones, la cultura, y todo lo demás, se orientan hacia el norte. Solo Cuba, a partir de 1959, optó por otro camino, y pagó por ello un precio astronómico. Tan no se encuentra presente China, que varios países de esta subregión aún mantenían hace poco relaciones con Taiwán. Y cuando Trump exigió que México limitara las importaciones procedentes de China, cumplimos de inmediato. No se puede excluir a China de donde no existe.

En cambio, para los países de América del Sur, China es el principal socio comercial de casi todos ellos, y el primer inversionista en varios: Brasil, Argentina, Chile y Perú. Hay una gran presencia cultural de Beijing a través de una treintena de Institutos Confucio. Incluso se sospecha de una conexión militar vía una estación terrestre en la Patagonia, el puerto de Chacay en Perú, y la intención de un observatorio en Atacama. Esto es un hecho con gobiernos de izquierda, de derecha o de centro: son las leyes del mercado. China consume commodities de manera insaciable, y estos países las producen: soya, cobre, hierro, petróleo, entre otras.

Si la Doctrina Donroe significa revertir esta tendencia, vieja ya de un cuarto de siglo, Trump se va a enfrentar a unas inercias probablemente inamovibles. ¿A quién quiere que Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay le vendan su soya? ¿A Estados Unidos, el primer productor de soya del mundo? ¿A quién quiere que Chile y Perú le vendan su cobre? ¿A México, que también exporta? Si restablecer la dominación norteamericana significa suprimir la relación de estos países con China, o siquiera reducirla y limitarla, me temo que the Donald se va a desilusionar muy pronto. Las únicas naciones bisagra serían Venezuela y Colombia, ambas pertenecientes a ambas regiones (América del Sur y la Cuenca del Caribe) y que podrían transformar sin mayor dificultad su integración con China a la que imperaba previamente con Estados Unidos.

Una última reflexión sobre el impacto de toda esta saga para México. Tengo la impresión de que hasta ahora, Trump y su equipo no le han exigido a Sheinbaum que entregue a los narcopolíticos que se supone proliferan en México. Ha bastado con realizar el trabajo sucio en materia migratoria, incrementar los decomisos y la destrucción de laboratorios, interceptar un mayor volumen de precursores y expulsar —no extraditar— a capos mexicanos.

No es imposible que ese veinte ya se haya acabado. Sería plausible suponer que ya se dieron cuenta los norteamericanos que Sheinbaum ha protegido a quienes se sospecha que constituyen cómplices de los cárteles, sin ser narcos propiamente. Así como Maduro y su esposa. Me refiero a los gobernadores de Sinaloa, Sonora, Michoacán, Tamaulipas, y el exgobernador de Tabasco, así como al secretario de Marina de López Obrador. Me imagino —no lo afirmo porque carezco de contactos en el círculo estrecho de la presidencia— que estos representan un serio motivo de preocupación en estos días. Porque entregarlos implica una ruptura con su predecesor y defenderlos entraña un conflicto con Trump inmanejable. Afortunadamente para ella, no le van a pedir la cabeza de López Obrador. De eso sí estoy seguro.

 

Ricardo Hausmann: ¿Qué sigue para Venezuela?



La tristeza, como nos recuerda la canción, no tiene fin. Venezuela ha sufrido más que suficiente. Pero esas horas fugaces de felicidad revelaron algo esencial: los venezolanos no han renunciado a la democracia, ni los unos a los otros.

“Tristeza não tem fim, felicidade sim.” La tristeza no tiene fin, la felicidad sí. Este verso, inmortalizado en una canción de bossa nova popularizada por la película «Orfeo Negro», capta cuán frágil, fugaz y preciosa puede ser la alegría.

Durante unas horas extraordinarias, los venezolanos la probaron cuando la noticia se propagó como un reguero de pólvora: Nicolás Maduro, el hombre que ha gobernado Venezuela mediante la represión y la ruina, había sido depuesto en una dramática operación militar estadounidense. La conmoción no fue solo política, sino emocional. En Caracas y Maracaibo, en Miami y Madrid, los venezolanos se permitieron imaginar un futuro lleno de dignidad y esperanza, y un regreso a la vida normal.

Sin embargo, la felicidad dio paso rápidamente a la preocupación cuando, horas después del operativo, el presidente Donald Trump ofreció una rueda de prensa en Mar-a-Lago. Estados Unidos, dijo, ahora «administraría» Venezuela. Habló mucho sobre el petróleo, pero nada sobre democracia, más allá de desestimar a María Corina Machado, premio Nobel de la paz y figura emblemática de la oposición democrática. (La Sra. Machado, dijo, no tenía el «respeto» para gobernar el país, a pesar de que los venezolanos votaron abrumadoramente por sus fuerzas en unas elecciones de 2024 que el Sr. Maduro robó). En cambio, el Sr. Trump dijo que Estados Unidos trabajaría con el propio vicepresidente del dictador. Habló como si fuera dueño del país y sus activos. Los venezolanos serían beneficiarios de su benevolencia, no agentes de su propio destino.

Los venezolanos saben muy bien que derrocar a un dictador —especialmente si se deja a sus secuaces a cargo— no es lo mismo que reconstruir un país. Y hay mucho que reconstruir. Cuando el Sr. Maduro llegó al poder en 2013, los venezolanos eran aproximadamente cuatro veces más ricos que hoy. Lo que siguió fue la mayor contracción económica jamás registrada en tiempos de paz. Desencadenó la partida de 8 millones de venezolanos, una cuarta parte de la población. Esto no fue resultado de una invasión extranjera o un desastre natural, sino de una catástrofe autoinfligida. Y llegó acompañada de mucha brutalidad, represión y corrupción internas.

En el corazón del colapso estuvo el desmantelamiento sistemático de los derechos. Los derechos de propiedad fueron vaciados; los contratos perdieron sentido; los tribunales perdieron independencia; las elecciones dejaron de importar y hablar se convirtió en un delito. A medida que los derechos desaparecían, también lo hacían la seguridad, la inversión, la confianza y el poder de imaginar. La gente dejó de planificar el futuro porque el futuro ya no les pertenecía.

La lección es simple pero profunda: la prosperidad no proviene del petróleo, los decretos o incluso los gobernantes benevolentes. Proviene de los derechos. Los derechos crean propiedad privada. Los derechos crean seguridad. Los derechos crean debate. Los derechos permiten a las personas invertir, innovar, soñar y transformar la realidad. Quítales los derechos, y la sociedad se marchita. Restitúyelos, y la recuperación es posible.

Lo que los venezolanos necesitan ahora no es venganza contra el Sr. Maduro ni improvisación al estilo Trump, sino un regreso a la libertad y la paz. La humanidad ya ha inventado la tecnología que hace esto posible: la democracia. La democracia no es solo votar. Es un sistema para agregar preferencias mientras se protegen las libertades. Es el único mecanismo que conocemos que, a la larga, puede alinear la autoridad política con el consentimiento social. Venezuela la disfrutó durante gran parte del siglo XX, y sigue siendo la fórmula global para la prosperidad sostenida.

El proyecto chavista, que comenzó en 1999, erosionó ese sistema de manera gradual pero implacable: socavando los controles y equilibrios, las libertades individuales y, finalmente, la democracia misma. Por lo tanto, el camino de regreso debe recorrer esos pasos. No hay atajos para restaurar los derechos y el estado de derecho.

Crucialmente, la sociedad venezolana ya ha hecho la parte más difícil. Un proceso largo, paciente y valiente ha unificado a gran parte del país. En 2023, los venezolanos se agruparon abrumadoramente detrás de la Sra. Machado como líder de la oposición democrática, solo para verla arbitrariamente inhabilitada para postularse a la presidencia. El año pasado, sin embargo, le dieron una victoria aplastante a su colega, Edmundo González Urrutia, votando contra la dictadura en casi todos los rincones del país. La voluntad de los venezolanos no podría haber sido más clara. Lo que se frustró fue su traducción en poder.

Por lo tanto, la ruta crítica hacia adelante comienza con una idea simple: honrar esa voluntad. Venezuela necesita un gobierno civil limitado por la ley, respetuoso de las libertades individuales, responsable ante los votantes y capaz de reconstruir las instituciones.

El Sr. Trump parece no entender esto. Habló como si las vastas reservas petroleras de Venezuela hicieran innecesaria la democracia: la inversión extranjera, sobre todo de empresas petroleras estadounidenses, puede sustituir a la normalización política. Es una ilusión, incluso en los propios términos del presidente estadounidense. El petróleo no es riqueza hasta que la producción puede monetizarse; eso, a su vez, requiere inversión a largo plazo. Y para eso, la certeza jurídica —derechos de propiedad, contratos ejecutables, fiscalidad clara y reglas predecibles que rijan concesiones y pagos— es imprescindible. Las compañías petroleras, que responden no ante presidentes sino ante accionistas, reguladores y tribunales, no desplegarán capital en un vacío legal. Sin un sistema legal legítimo, la noción de que las reservas petroleras pueden rescatar a Venezuela —y generar dinero para Estados Unidos— se desmorona bajo escrutinio.

Un riesgo más profundo es geopolítico. Venezuela no debe convertirse en una colonia, una idea de último momento o un proyecto transaccional impulsado por intereses estadounidenses a corto plazo. El mayor éxito de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial no provino de extraer recursos de Europa o Japón, sino de proporcionar bienes públicos: seguridad, reconstrucción institucional y un orden basado en reglas que permitió a las sociedades prosperar. La estrategia creó enormes beneficios para los receptores y para Estados Unidos mismo.

Venezuela necesita la misma fórmula liberal: paz, justicia, democracia y derechos. Necesita que el valiente deseo de democracia de sus ciudadanos sea aprovechado, no marginado. De lo contrario, las semillas de futuros conflictos crecerán, especialmente si las aspiraciones nacionales chocan con las prioridades estadounidenses.

La tristeza, como nos recuerda la canción, no tiene fin. Venezuela ha sufrido más que suficiente. Pero esas horas fugaces de felicidad revelaron algo esencial: los venezolanos no han renunciado a la democracia, ni los unos a los otros. La tarea ahora es crear a partir de eso una realidad duradera: no mediante la fuerza, ni a través de fantasías petroleras, sino restaurando la voluntad del pueblo para que puedan comenzar el duro y paciente trabajo de restituir los derechos y reconstruir las instituciones. Ese es el único camino por el cual la felicidad, frágil como es, podría finalmente encontrar la manera de perdurar.

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