Republica del Zulia

Julio Portillo: Necesitamos entonces promover el regionalismo como protesta al excesivo centralismo en todos los órdenes. Tenemos que despertar la conciencia política de la provincia.

domingo, marzo 22, 2026

Los Ingresos facturados de PDVSA cayeron 46% durante enero y febrero de 2026



El precio promedio del crudo Merey durante enero y febrero de 2026 estuvo en un promedio de 47,65 dólares por barriles.

La caja de Petróleos de Venezuela (PDVSA) durante el primer bimestre de 2026 se encuentra en una situación crítica, peor al año pasado porque los ingresos facturados estuvieron en enero y febrero 46% por debajo de lo reportado durante el mismo período de 2025; con el agravante que buena parte del dinero se encuentra represado por el Departamento del Tesoro de los Estados Unidos como parte de las decisiones impartidas por el presidente Donald Trump, tras la acción militar a Caracas el 3 de enero que terminó con la captura del presidente Nicolás Maduro.

La cantidad facturada está por el orden de los 1.647 millones de dólares, monto que es casi la mitad de lo reportado hace un año y eso es debido a una caída en la cotización del crudo Merey, que entre enero y febrero estuvo en 47,65 dólares por barril, nivel que está 28% por debajo de los mismos meses del año pasado.

La expectativa que hay en PDVSA es que la facturación por exportaciones mejorará en marzo con el incremento que han registrado los precios de los crudos debido al conflicto bélico en Irán desde el pasado 28 de febrero, pero persiste sin resolver el establecimiento de un mecanismo claro que agilice los desembolsos tanto para los gastos operativos de PDVSA como para lo que corresponde al aporte fiscal petrolero.

El 9 de enero pasado, el presidente Trump firmó una orden ejecutiva para proteger los ingresos de la exportación de petróleo venezolano, depositándolos en el Tesoro de Estados Unidos, medida que se adoptó para custodiar los fondos como propiedad soberana de Venezuela para su uso sólo de ayuda humanitaria e infraestructura.

La decisión de Trump, no obstante, choca con la realidad de que las exportaciones petroleras han llegado a representar hasta más de 90% de las divisas que requiere la economía y limitan los flujos de la propia caja de PDVSA y de los ingresos que requiere la tesorería nacional para la ejecución del gasto público.

Petroguía

https://www.costadelsolfm.org/

Venezuela en la mira: los escenarios Por Vladimir Gessen


¿Qué piensan en la Casa Blanca, la Secretaría de Estado de Estados Unidos, las cúpulas petroleras y los inversionistas sobre el caso Venezuela?

La estrategia americana

Paso a paso, como ocurre hoy en Estados Unidos, la política convertida en espectáculo, Donald Trump reacciona primero con una frase breve —¿Estadidad, número 51, alguien?—, pero lanza una idea al aire, luego, tras la victoria de Venezuela en el campeonato mundial de Beisbol, donde simplifica aún más el mensaje hasta dejarlo en una sola palabra —ESTADIDAD!!!”— despojada de matices, pero cargada de una intención simbólica. Ese tránsito —de la insinuación al grito— no es casual, porque responde a una estrategia más que al estilo emocional que precede a lo estructural y donde la provocación sustituye al documento. Lo verdaderamente relevante comienza después de la frase. Porque ese comentario no vive aislado, se conecta con una línea de pensamiento que Trump ha venido reiterando —la posibilidad de incorporar a Canadá como “estado” de la nación americana— y también ha mostrado su interés de hacer a Groenlandia parte de Estados Unidos por razones “estratégicas de seguridad”, junto a la idea de retomar el control del Canal de Panamá, e incluso la disposición a no descartar acciones de fuerza para lograrlo. En conjunto, estas expresiones configuran algo más que ocurrencias dispersas, revelan una visión coherente de poder, una reinterpretación contemporánea de la vieja lógica expansionista estadounidense, cercana a una nueva “Doctrina Monroe”, o más allá a lo que Trump ya llama la Doctrina Donroe”, donde el hemisferio vuelve a ser concebido como un espacio natural o “vital” de influencia y control. Además, este discurso no surge en el vacío, sino sobre hechos recientes que han reconfigurado el tablero regional, tras la operación militar anunciada por Trump el 3 de enero de 2026, donde el propio mandatario confirmó la captura de Nicolás Maduro y llegó a declarar que Estados Unidos “iba a dirigir el país” durante una transición, cosa que ha hecho. En ese escenario emergió Delcy Rodríguez como figura al frente del gobierno, en medio de negociaciones y presiones abiertas de Washington. Y casi de forma paralela, Trump elevó aún más el tono al referirse a Cuba, afirmando que podría “hacer lo que quiera” con la isla e incluso “tomarla” en algún formato. Leídas en conjunto, estas declaraciones y acciones configuran una narrativa inquietante: no se trata solo de retórica, sino de una visión de poder que oscila entre la intervención directa y la afirmación explícita de dominio hemisférico. Así, lo que comienza como una reacción deportiva termina insinuando —aunque sea en tono ambiguo— una narrativa de una nueva estrategia geopolítica más profunda, la de un Estados Unidos que, ante un mundo en transformación, vuelve a imaginar su grandeza no solo en términos de liderazgo, sino de expansión. Sin mencionar los acontecimientos en Irán.

Dentro de la estrategia de la Casa Blanca, en toda nación —ocasionalmente— el futuro parece abrirse en múltiples direcciones al mismo tiempo. No se trata simplemente de una crisis ni de un cambio de rumbo de algún país, en toda encrucijada histórica. Todo indica que Venezuela atraviesa hoy uno de esos momentos. Luego de 27 años de deterioro político, institucional y económico, el país enfrenta una pregunta decisiva… ¿Estamos ante el comienzo de una reconstrucción nacional o ante una nueva etapa de inestabilidad con otros protagonistas? He aprendido que las sociedades —al igual que las personas— atraviesan ciclos de crisis, aprendizajes y transformaciones. Y cuando observamos el caso venezolano desde esa perspectiva más amplia, comprendemos que el futuro no depende de una sola variable. Pende —como siempre— de una compleja interacción entre factores políticos, económicos, sociales y psicológicos, —y ahora— de lo que piense y decida la Casa Blanca.

La confluencia o bifurcación histórica

Venezuela vive hoy una circunstancia singular, casi suspendida entre lo que fue y lo que aún no termina de nacer. El modelo político que dominó al país durante décadas ha comenzado a transformarse, pero sus raíces —como las de un árbol antiguo— siguen hundidas en la tierra institucional. No hemos entrado plenamente en un nuevo orden. Más bien habitamos ese territorio incierto que los estrategas llaman una transición incompleta. En estos momentos el futuro deja de ser una línea recta y se convierte en un abanico de caminos. Varias posibilidades conviven al mismo tiempo, donde unas conducen hacia la estabilidad, la reconstrucción y la reconciliación, pero otras, en cambio, pueden prolongar el estancamiento o abrir nuevas formas de conflicto. Comprender la coyuntura venezolana exige abandonar la ilusión de una predicción única. El porvenir del país no es una sola historia escrita de antemano, sino un conjunto de escenarios plausibles, algunos luminosos, otros inquietantes, que dependerán —como siempre ocurre en la historia de las naciones— de las decisiones colectivas que tomemos en el presente.

Cinco escenarios posibles para Venezuela

1. El primero sería el escenario más favorable: la reconstrucción democrática y económica, donde vemos dos opciones…

Opción uno: En este caso el país lograría una transición política negociada paso a paso, con instituciones renovadas, elecciones confiables y apertura económica que permita atraer inversiones, recuperar el aparato productivo y generar empleo. Venezuela podría iniciar entonces una fase de crecimiento sostenido. Desde el punto de vista estratégico, una transición democrática no depende necesariamente de alguna figura política. Sin embargo, cuando una sociedad se encuentra extremadamente polarizada o después de un largo ciclo autoritario, los liderazgos simbólicos suelen jugar un papel decisivo para movilizar apoyo social y legitimar el proceso. Algunos países han logrado transiciones democráticas sin la participación directa de los líderes opositores más visibles. En España, tras la muerte de Francisco Franco, la transición fue liderada en gran medida por sectores del propio sistema franquista reformista, como Adolfo Suárez, junto con la oposición democrática. En Chile, la salida de Augusto Pinochet fue el resultado de un plebiscito y de negociaciones amplias entre sectores del régimen y la oposición. En estos casos, la transición no dependió de una sola personalidad, sino de acuerdos entre distintos actores del sistema político. Venezuela podría iniciar una reconstrucción institucional con o sin la participación directa de María Corina Machado o de Delcy Rodríguez. Pero desde el punto de vista político y psicológico del país, lo más sólido y estable sería que los sectores que ambas representan —aunque no necesariamente ellas de forma personal— formaran parte del proceso de transición. Esto sería posible si se produce un acuerdo entre sectores del poder actual y de la oposición democrática, si las fuerzas armadas (FAN) respaldan una transición, si se mantiene la presión internacional, y si se organiza un nuevo proceso electoral creíble. Por los momentos y en este escenario la actual presidente puede permanecer a cargo durante la transición si refuerza su alianza con el gobierno estadounidense, y con las FAN, lo que —como apreciamos— está en plena ejecución.

Opción dos: Existe también un escenario de transición acelerada en el cual un liderazgo político con fuerte legitimidad social logra asumir el poder mediante elecciones o un acuerdo de transición y acelera el proceso de reconstrucción institucional y económica. En ese contexto, figuras con alta movilización popular podrían catalizar cambios que, en otras circunstancias, tomarían mucho más tiempo. Si un liderazgo opositor con amplio respaldo ciudadano —como el que representa María Corina Machado— llegara a asumir la conducción política del país, mediante un proceso electoral, o de una transición negociada, podría intentar impulsar reformas profundas en un plazo relativamente corto, con una reconstrucción institucional, apertura económica, reintegración internacional y la recuperación acelerada del aparato productivo. La historia muestra que en algunos momentos críticos los liderazgos políticos logran acelerar procesos de transformación nacional. En Europa del Este, fueron los casos de figuras como Lech Wałęsa en Polonia, o Václav Havel en Checoslovaquia, quienes simbolizaron cambios rápidos hacia sistemas democráticos tras décadas de regímenes autoritarios. No obstante, incluso en estos casos el éxito del proceso no dependió únicamente del liderazgo individual, sino también de factores estructurales, como acuerdos políticos amplios, respaldo institucional, apoyo internacional y la capacidad del Estado para implementar las reformas. Aunque un liderazgo fuerte puede acelerar la transición, la reconstrucción de un país sigue siendo, en última instancia, una obra colectiva que trasciende a cualquier persona.

2. El segundo escenario —probablemente el que se desea desde la presidencia— sería el de una transición lenta hacia un sistema híbrido. En este caso, el país no experimentaría una ruptura inmediata con el modelo político existente, sino más bien una evolución gradual en la que convivirían sectores del antiguo sistema con nuevas fuerzas políticas que irían ganando espacio dentro de las instituciones. En este tipo de proceso, las reformas suelen avanzar de manera progresiva y, en ocasiones, ambigua. Podría haber ciertos cambios económicos orientados a estabilizar el país, atraer inversiones y recuperar parcialmente el aparato productivo. También podría producirse una apertura institucional limitada con mayor tolerancia hacia la competencia política, algunos ajustes en el sistema electoral, y una relación más fluida con la comunidad internacional. Sin embargo, las estructuras fundamentales del poder no desaparecerían de inmediato. Parte del aparato político, administrativo, judicial y militar, construido durante décadas, seguiría teniendo un peso significativo dentro del sistema. La historia muestra que muchos países han atravesado largos períodos en este tipo de sistemas intermedios. México transitó un modelo político dominado por el PRI, un Partido denominado Revolucionario e Institucional que participó en elecciones, con otros partidos opositores, pero el poder seguía concentrado en la estructura dominante. Con el tiempo, reformas graduales y cambios sociales fueron ampliando la competencia política hasta que el sistema terminó abriéndose plenamente a la alternancia democrática en el año 2000. Desde una perspectiva estratégica, este tipo de escenario tiene una ventaja y un riesgo. La ventaja es que puede reducir tensiones y permitir una adaptación gradual del sistema político, evitando rupturas traumáticas. El riesgo es que la transición quede atrapada durante muchos años en una zona gris entre apertura y control, donde las reformas avanzan muy lentamente y la confianza ciudadana tarda en recuperarse.

3. Un tercer escenario sería el del autoritarismo renovado. En este caso, el sistema político no colapsa ni logra transformarse plenamente en una democracia consolidada, sino que se reacomoda alrededor de un liderazgo fuerte que emerja en medio de la incertidumbre nacional. Ese liderazgo podría surgir desde el interior del propio sistema político o, en momentos de máxima tensión institucional, incluso a partir de una intervención decisiva de las fuerzas armadas mediante un golpe de Estado que se presente ante la sociedad como una salida de orden frente al caos. La historia latinoamericana conoce bien esos momentos en que sectores del poder prometen estabilidad a cambio de concentración de autoridad. En ese contexto podría aparecer una relativa recuperación económica —o al menos una sensación de estabilidad—, pero acompañada de limitaciones importantes al pluralismo político, a la alternancia democrática y al desarrollo pleno de las instituciones republicanas. Porque cuando el miedo al desorden domina a una sociedad fatigada por la crisis, la promesa del orden puede volverse seductora, incluso cuando ese orden termina reduciendo los espacios de libertad que toda democracia necesita para respirar.

4. El cuarto escenario sería, probablemente, el más peligroso: la fragmentación institucional del Estado. En este caso no se produciría necesariamente un colapso total del país, pero sí una pérdida progresiva de la capacidad del Estado para ejercer autoridad efectiva en determinadas regiones del territorio. Algunas zonas podrían quedar bajo la influencia o el control de redes vinculadas a carteles del narcotráfico, a la minería ilegal, a los grupos del contrabando, las pandillas, o de las estructuras armadas irregulares que operan paralelamente al poder formal. Cuando esto ocurre, comienzan a surgir lo que los analistas llaman territorios de soberanía limitada, espacios donde las leyes de la República se aplican de manera débil o simplemente dejan de aplicarse. La economía criminal sustituye parcialmente a la economía formal, las instituciones pierden presencia, y la población termina dependiendo de poderes locales que imponen sus propias reglas. Este tipo de fragmentación no suele aparecer de un día para otro ya que se desarrolla lentamente, en los márgenes del Estado, hasta que algunas regiones comienzan a vivir una realidad distinta al resto del país. En tales circunstancias, la nación continúa existiendo en el papel, pero en la práctica se convierte en un mosaico de territorios con distintos grados de autoridad, legalidad y gobernabilidad. La historia reciente ofrece varios ejemplos de este tipo de procesos. Durante años, amplias zonas rurales de Colombia han estado bajo control o fuerte influencia de grupos guerrilleros y organizaciones armadas ilegales que coexistían con el Estado, creando realidades paralelas de autoridad. Algo similar ocurrió en partes de México, donde ciertos territorios han quedado bajo la presión o el dominio de carteles del narcotráfico que disputan el control del Estado. Y en contextos más extremos, países como Somalia han vivido largos períodos en los que el poder central apenas logra ejercer autoridad fuera de la capital. Hemos visto un inicio de este escenario en algunas zonas de Venezuela como en el caso del “tren de aragua”.

5. El quinto escenario sería el de una crisis prolongada y de estancamiento, en el cual el país no logra ni una transición política clara ni una recuperación económica significativa. La historia ofrece casos de sociedades que han quedado atrapadas durante años en ese tipo de situación. Países como Haití, el Líbano o Zimbabue han atravesado largos periodos en los que la debilidad institucional, las crisis económicas recurrentes y las divisiones políticas impidieron consolidar un nuevo equilibrio nacional. En otros países ha desaparecido el Estado como ocurrió en Siria o Irak y en parte en Libia.

La experiencia histórica muestra que las sociedades rara vez avanzan en línea recta, más bien suelen moverse durante años entre distintos escenarios antes de encontrar finalmente un punto de estabilidad.

Los riesgos que amenazan la reconstrucción

Toda transición histórica está llena de peligros. Venezuela no es la excepción. Uno de los más frecuentes es la captura del Estado por nuevas élites. Cuando esto ocurre, las estructuras de poder se transforman superficialmente, pero las prácticas de concentración económica y corrupción permanecen. Otro riesgo es que la reconstrucción económica se convierta en un terreno fértil para nuevas formas de corruptelas. Los procesos de recuperación implican enormes inversiones públicas y privadas, y sin instituciones sólidas estos recursos pueden desviarse. Existe también el peligro de que las economías criminales continúen operando en determinadas regiones, debilitando la autoridad del Estado. A ello se suma un problema estructural que Venezuela arrastra desde hace décadas: la casi total dependencia del petróleo. Sin diversificación económica, cualquier recuperación será vulnerable a los ciclos del mercado energético. Pero quizá el riesgo más alto no sea económico ni político. Es psicológico.

La fatiga histórica de la sociedad

Después de tantos años de crisis, de miseria, de inseguridad y de inopia, muchos venezolanos parecen atravesar lo que algunos sociólogos han descrito como fatiga histórica, y lo que los psicólogos reconocemos como desesperanza aprendida, una mezcla silenciosa de agotamiento colectivo, desconfianza hacia la política y reducción progresiva de las expectativas sobre el futuro. Cuando una sociedad vive demasiado tiempo bajo la presión de la incertidumbre, comienza a adaptarse emocionalmente a la crisis, como si un difícil presente fuera una condición permanente. Las sociedades, al igual que las personas, pueden sufrir traumas prolongados. Y cuando ese desgaste se instala en la conciencia colectiva, reconstruir la confianza se vuelve una tarea mucho más compleja que reconstruir carreteras, puertos o refinerías. Las infraestructuras pueden repararse con inversión y tiempo, la confianza social, en cambio, necesita algo más, requiere credibilidad, estabilidad y esperanza. El desafío venezolano no es únicamente económico ni institucional. Es también psicológico y cultural. Porque los países no se levantan solo con reformas o con recursos. Se ponen de pie cuando su gente vuelve a sentir que el futuro no es una promesa vacía, sino una posibilidad real. Un país comienza verdaderamente a reconstruirse cuando sus ciudadanos recuperan la convicción íntima de que vale la pena volver a creer en mañana. En el caso venezolano hablaríamos de la necesidad de una “Revolución de las mentes en medio de la transformación que requiere la nación. 

Un plan de reconstrucción nacional

Si Venezuela logra evitar los escenarios más peligrosos, podría iniciar un proceso de reconstrucción que razonablemente tomaría entre quince y veinte años. La primera etapa de uno a dos años, debería centrarse en estabilizar el país, fase en la cual aparentemente estamos, así se debería restablecer el Estado de derecho, recuperar los servicios públicos vitales de energía, educación, salud, paliar el acceso a alimentación y viviendas, garantizar las libertades políticas y comenzar a reorganizar la economía. La segunda etapa de alrededor de cinco años implicaría reactivar el aparato productivo. Venezuela posee recursos extraordinarios, petróleo, gas, potencial agrícola, biodiversidad, turismo y una ubicación geográfica estratégica. Con instituciones confiables, estas ventajas podrían atraer inversiones en demasía. Pero el país debe estar social y políticamente normalizado. La tercera etapa sería la consolidación institucional, culminando las reformas en el sistema judicial, descentralización administrativa, y fortalecimiento de la transparencia pública. Finalmente, el país podría aspirar a una etapa de transformación estructural, con una economía diversificada hacia sectores como petroquímica, tecnología, turismo internacional y energías renovables. En ese proceso, desde sus inicios la diáspora venezolana —millones de ciudadanos formados y experimentados en distintas partes del mundo— podría convertirse en uno de los mayores activos para la reconstrucción nacional.

Dos visiones del país

En medio de esta transición emergen figuras que simbolizan dos narrativas distintas del futuro venezolano. Entre ellas destacan Delcy Rodríguez y María Corina Machado. Más allá de la confrontación política cotidiana, ambas representan visiones profundamente diferentes del país. Delcy Rodríguez forma parte del núcleo del sistema político que se consolidó durante los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Su gestión desde que asumió la presidencia encargada está vinculada a la defensa del proyecto bolivariano, a un modelo de fuerte centralización del poder estatal y a una estrategia geopolítica que buscó alianzas con potencias como Rusia, China o Irán. En términos estratégicos, su figura representa la continuidad transformada del sistema político existente, aunque ahora ante la presencia de Estados Unidos, buscaría asimilar la experiencia del socialismo de mercado del modelo chino, o de un capitalismo de estado abierto. María Corina Machado, en cambio, surge del campo opositor y ha defendido durante años la necesidad de una ruptura institucional con el modelo político del chavismo. Su propuesta se orienta hacia la reconstrucción democrática, la apertura económica y la reintegración plena de Venezuela al sistema internacional occidental. En ese sentido, simboliza la aspiración de un cambio total en las reglas del sistema político y económico. Ambas figuras encarnan, en realidad, dos imaginarios sociales distintos dentro de la sociedad venezolana. Uno busca preservar elementos del modelo político surgido a finales del siglo XX, y el otro aspira a inaugurar una nueva etapa institucional. La cuestión estratégica para el país no es solo quién prevalecerá políticamente, sino si Venezuela será capaz de encontrar una fórmula de coexistencia democrática que evite una nueva etapa de polarización destructiva. Pero no es imposible lograrlo, las experiencias internacionales demuestran que muchas transiciones exitosas —como las de EspañaChile o Sudáfrica— solo fueron posibles cuando sectores profundamente enfrentados lograron acuerdos mínimos para reconstruir el país.

El verdadero recurso de Venezuela

Durante décadas se ha repetido que Venezuela es un país rico en petróleo. Es cierto. Pero esa no es la única riqueza de una nación. La verdadera está en su gente, su talento y su capacidad de reinventarse. Sociedades golpeadas han logrado reconstruirse cuando recuperan tres elementos clave: instituciones confiables, visión estratégica y confianza colectiva. Toda Europa lo hizo después de la Segunda Guerra MundialJapón tras su devastación nuclearCorea del Sur lo logró a partir de condiciones extremadamente difíciles después de la guerra de Corea. Y Venezuela también podría hacerlo. El futuro venezolano no está escrito en ninguna parte. Las naciones no tienen destinos inevitables. Las sociedades se construyen a partir de decisiones, acuerdos y aprendizajes colectivos. Venezuela atraviesa hoy un momento de incertidumbre, pero también una ventana histórica de oportunidad. Si el país logra transformar la crisis en aprendizaje, reconstruir sus instituciones y recuperar la confianza en sí mismo, entonces el futuro venezolano podría ser mucho más prometedor de lo que hoy muchos imaginan. Porque las naciones, al igual que las personas, pueden caer, pero también pueden levantarse y comenzar de nuevo.

Al final… 

… El destino de una nación no se decide únicamente en los palacios de gobierno, ni en los mercados petroleros, ni en los informes de los estrategas que analizan el tablero geopolítico desde Washington, Moscú, Bruselas o Pekín. El verdadero destino de un país se decide es en la conciencia colectiva de su gente. Los pueblos, como las personas, atraviesan momentos en que parecen extraviarse. Venezuela ha conocido tiempos luminosos en su historia. Fue tierra de libertadores, de inmigrantes que encontraron aquí un hogar, de generaciones que soñaron con construir una república moderna y abierta al mundo. Ese espíritu no ha desaparecido. Puede haber sido golpeado, desilusionado, incluso fatigado por años de crisis. Pero sigue ahí, latente, esperando un nuevo impulso histórico. Los escenarios que hoy observan los analistas —en la Casa Blanca, en los centros financieros o en los círculos diplomáticos— son importantes. Pero ninguno de ellos está escrito en piedra. Los escenarios no son destinos, son advertencias, posibilidades, bifurcaciones del camino. La realidad es que el futuro venezolano no está decidido todavía. Podría inclinarse hacia la restauración o hacia la prolongación de la crisis. Avanzar hacia la reconciliación o hacia nuevas tensiones. Podría recuperar la vitalidad de una nación abierta al mundo o quedarse atrapado en los laberintos del pasado. Mi esposa María Mercedes Gessen me dice: “Hay algo que la historia nos enseña una y otra vez, como es que cuando una sociedad logra reconciliarse consigo misma, recuperar la confianza en sus instituciones y despertar nuevamente su energía creadora, incluso los países más golpeados pueden renacer. Venezuela no necesita solo una transición política. Necesita algo más: un renacimiento personal y a la vez nacional”... Le agrego a esta idea que ese renacimiento no comenzará únicamente en los salones del poder, sino en la mente y en el corazón de millones de venezolanos que, después de tanto dolor y desencanto, decidan nuevamente creer que Venezuela puede levantarse. Porque al final, más allá de los escenarios, de las estrategias y de los cálculos geopolíticos, el futuro de Venezuela dependerá de una decisión sencilla y poderosa, como sería volver a creer que el país que soñamos todavía es posible, y comenzar a reconstruirlo… Qué tal si empezamos luego de haber coronado con el campeonato mundial de Beisbol… Si desea darnos su opinión o contactarnos puede hacerlo en psicologosgessen@hotmail.com... Que la Suprema Providencia Universal nos acompañe a todos…

Vladimir GessenPsicólogo

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