Republica del Zulia

Julio Portillo: Necesitamos entonces promover el regionalismo como protesta al excesivo centralismo en todos los órdenes. Tenemos que despertar la conciencia política de la provincia.

domingo, mayo 31, 2026

¡Abajo Canel! por Ricardo Escalante


Cuando las dictaduras se caen a pedazos, el ingenio apenas les alcanza para hacer creer que su fuerza sigue intacta y que son capaces de hacer daño como nunca antes. Ese es el caso de Miguel Díaz-Canel en Cuba, cuya ineficacia y brutalidad han sido monumentales.

Los vanos esfuerzos del dictador para infundir terror se vieron hace apenas un par de semanas en el corazón de La Habana, cuando un grafiti en una derruida pared movilizó un piquete de policías y de agentes civiles de inteligencia para identificar y apresar al autor. ¡Menuda y titánica tarea!

Les cuento esto con pelos y señales porque observadores bien situados presenciaron el ridículo que hacían los funcionarios.  Dos palabras, como dice aquel bolero romántico de los años cincuenta, solo dos palabras fueron suficientes para poner en carreras aquel aparato policial que ya no sirve para nada y que da señales de querer volverse contra Díaz-Canel y su padre putativo Raúl Castro, que ahora anda peor que travesaño de gallinero.

¿Y cuál era la gravedad extrema del grafiti? ¿Cuáles eran las dos palabras que debían ser neutralizadas ipso facto, como si se hubiese tratado de algo peor que la bomba atómica de Hiroshima? ¡” Abajo Canel!”  Sí, eso era todo: el “Abajo Canel”, que en un lugar de alto tránsito cercano al aeropuerto, en la zona de Boyeros, entre Calabazar y La Herradura, decía bastante.

Algunos transeúntes fueron interrogados, mientras la “peligrosa inscripción” fotografiada, y borrada en menos de dos horas por los presurosos agentes.  Eral algo insólito, inaudito en cualquier otro país, pero revelador de que la asustada élite política tiene los días contados. Ahora hay incluso represores que aparentan decencia y respeto hacia los disidentes.

Lo cierto es que las manifestaciones públicas por la falta de electricidad, de gasolina, de alimentos y de todo lo demás, son cada vez más frecuentes en toda la isla y la gente no oculta su descontento con la represión que los ha atenazado desde 1959. Así que sobran las razones para gritar “¡Abajo Canel!”

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¿Todo es injerencia? por Jorge Castañeda



No hay nada que le funcione mejor a un gobierno mexicano atribulado que envolverse en la bandera, denunciar el intervencionismo foráneo, en particular norteamericano, y dar la impresión de actuar en consecuencia. Claro: sin comer lumbre. Ninguno de los presidentes de la época moderna, desde Obregón hasta López Obrador, se pasaron de lanzas. Siempre supieron hasta dónde podían atizar el supuesto nacionalismo mexicano sin provocar seriamente al vecino, fuera este razonable -Roosevelt, Kennedy, Clinton y Obama- o agresivo -Coolidge, Johnson, Reagan y Trump.

Claudia Sheinbaum y Ricardo Monreal forman parte de esta historia, y de este patrón de conducta. Al presentar al alimón una iniciativa de ley que incorpora la “injerencia extranjera” a la lista de causales de la posible nulidad de una elección, se dotan efectivamente de un instrumento para manipular los resultados electorales. Pero también construyen un dispositivo para arengar y apelar a su base, enfilando de nuevo las baterías contra lo que ella, en su fuero interno -Monreal no creo- denominaría el imperialismo yanqui.

Ya varios colegas han descrito los abusos a los que se puede prestar una legislación de esta naturaleza. Se trata de disposiciones tan abstractas y difusas –“tierra, mar y aire”- que prácticamente permiten cualquier recurso imaginable. Con el Tribunal Electoral y el INE en manos de Morena, casi garantizan que donde y cuando quieran anular una elección, podrán hacerlo.

Yo quisiera referirme a dos aspectos menos evocados en estos días. El primero: exactamente qué significan las palabras “injerencia” y “extranjera”. Empecemos por ésta, en referencia desde luego al tema que nos ocupa. ¿Una recomendación de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, es “extranjera”? México firmo y ratificó la Convención Americana (Pacto de San José, lo primero por mi padre, lo segundo en mi gestión de la SRE), y hemos tenido innumerables miembros de la CIDH. Una relatoría de la Comisión de Desapariciones Forzadas de la ONU ¿es extranjera, habiendo firmado la Carta de San Francisco en 1945? Una admonición preelectoral de observadores internacionales de elecciones en México -OEA, ONU, UE, etc.- ¿es extranjera?

Más complicado: una nota crítica del gobierno, de Morena o de su hipotético candidato en el quinto distrito de Tamaulipas en el noticiero nocturno de TelevisaUnivisión, que conduce Enrique Acevedo (mexicano) ¿es nacional o extranjera? ¿Y del noticiero UnivisiónTelevisa que conduce Ilia Calderón (colombiana)? En la asociación de ambas empresas -una mexicana, la otra estadounidense- es ambigua la nacionalidad y el control de la empresa. Si Telemundo retoma una nota de Azteca Noticias acusando a un candidato morenista de ser narco, ¿se trata de una injerencia extranjera? Si el diario bonairense Clarín retoma una columna vitriólica mía contra la candidata posible de Morena a la gubernatura de Chihuahua, ¿henos frente a una crítica nacional o extranjera? Si un congresista estadounidense con doble nacionalidad denuncia la corrupción de un candidato en su estado natal de Oaxaca, ¿su declaración es extranjera? Y por último, un cebollazo de cualquiera de los dictadores amigos de la 4T ante la indeclinable solidaridad mexicana y el sublime patriotismo mexicano propios de Morena y sus presidentes ¿es causal de nulidad si se produce en plena campaña electoral? Ni hablemos del dilema espinoso de las redes sociales, cuyo origen y nacionalidad revisten una complejidad extraordinaria.

La segunda definición de la ley –“injerencia”- no es menos problemática. Las declaraciones de Donald Trump a propósito de la elección reciente en Honduras fueron claramente injerencistas. El apoyo con veinte mil millones de dólares a la economía argentina conducida por Milei lo es un poco menos. Un artículo de John Womack, de Noam Chomsky, de Pablo Iglesias, de Jeremy Corbyn o de Mélenchon elogiando a Sheinbaum, o a Morena, o a un candidato morenista en particular en La Jornada ¿es injerencista? Una declaración de Trump confesando que se entendería mejor con la oposición mexicana que con Morena ¿lo es realmente? ¿Todo es injerencia?

Otro reto que deberá superar la propuesta de Sheinbaum y Monreal radica en las consecuencias que pueda surtir en el ámbito internacional, donde las reglas sobrevivientes -pocas- descansan en el principio de reciprocidad. Todas las democracias, y buena parte de las dictaduras, trazan límites a la participación externa en procesos electorales internos: financiamiento, desinformación, actividades encubiertas. El primer caso moderno probablemente se remonte al desempeño de la CIA en las elecciones italianas de 1948. El expresidente francés Nicolas Sarkozy cayó preso por haber aceptado recursos de Gadafi en su campaña de 2007. Pero hay de restricciones a restricciones, y de definiciones a definiciones.

A la 4T ya se le ha acusado de utilizar los 53 consulados de México en Estados para realizar actividades proselitistas. AMLO con frecuencia amenazaba o instruía a sus huestes en aquel país a votar en contra de candidatos racistas o xenófobos. El Departamento de Estado, ahora mismo, lleva a cabo una revisión de las prácticas de nuestros cónsules y empleados consulares, intentando dilucidar si incurren en actividades políticas o electorales. Aprobar leyes como las que proponen Monreal y Sheinbaum les dará a nuestros vecinos más que un pretexto para proceder de la misma manera, en contra nuestra, o de otros países. Lo pueden efectuar sin estas nuevas aberraciones legislativas, pero con mayor facilidad gracias a ellas. ¿De veras deseamos darles más pretextos?

Por razones de democracia y de transparencia, estos cambios constituyen una pésima idea. Pero, además, se prestarán a interminables discusiones y litigios, a pleitos con el resto del mundo, a represalias y a la proyección de un país bananero. ¿Eso quieres, Ricardo?

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