Republica del Zulia

Julio Portillo: Necesitamos entonces promover el regionalismo como protesta al excesivo centralismo en todos los órdenes. Tenemos que despertar la conciencia política de la provincia.

miércoles, febrero 11, 2026

El dilema del “fracking” en México



Entre la soberanía energética y la amenaza ambiental. México prepara su incursión en este modelo de extracción de gas, que despierta un intenso debate dentro y fuera del Gobierno. EL PAÍS reúne las opiniones de seis especialistas en torno a esta técnica, entre quienes la defienden y la critican. Bombas para la fracturación hidráulica.

El dilema del ‘fracking’ en México: entre la soberanía energética y la amenaza ambiental.

El Gobierno de Claudia Sheinbaum ha decidido dar un golpe de timón y cambiar el rumbo de la política energética de México a favor de la técnica de fracking o fractura hidráulica, que fue vetada durante un sexenio por su antecesor, Andrés Manuel López Obrador. El cambio de paradigma, sustentado en la idea de que México deje de depender de las importaciones de gas natural de Estados Unidos, ha abierto un debate dentro y fuera de Morena, el partido en el poder. Internamente, el nuevo rumbo energético representa una ruptura respecto del tabú impuesto por el líder moral de la izquierda mexicana. Hacia afuera, la discusión es más compleja, entre quienes ven en el fracking una herramienta necesaria para avanzar en la autosuficiencia energética y quienes consideran que el pregonado progreso no justifica el daño que dicha técnica traerá para el medio ambiente y las comunidades. EL PAÍS reúne las voces de seis reconocidos especialistas en la materia, tres a favor y tres en contra, para dimensionar lo que se juega México más allá de los dogmas.

Alfredo Guzmán, exsubdirector de Exploración en Pemex: “Tenemos una riqueza en gas impresionante”

El fracking en México no es nuevo, es algo que se viene haciendo en la industria petrolera desde los años sesenta. En el Norte de México hay suficiente gas natural, tanto en rocas compactas como permeables, para satisfacer las necesidades del país y tener excedentes para exportar. Lo único que se necesita es que las autoridades autoricen los proyectos para explotarlos. Si no lo hacemos ahora [el fracking], vamos a dejar el gas en el subsuelo. Ahorita tenemos una riqueza impresionante. Se podrían ganar millones de dólares si se usara esa tecnología y la aprovecháramos, como lo está haciendo Estados Unidos. En EE UU se fractura y ha multiplicado su producción de gas natural debido a que es una técnica segura.

Yo sé que a la gente le preocupa que se esté usando agua de consumo humano para inyectarla en un pozo, y tendría toda la razón del mundo —y más en lugares en donde tenemos poca agua—, pero no es el caso, porque lo que se utiliza es agua congénita, residual, del mismo yacimiento, y los aditivos se inyectan a 3.000 metros bajo el subsuelo y no afectan a la gente.

Beatriz Olivera, vocera de la Alianza Mexicana contra el Fracking: “Parece que la presidenta solo está escuchando a la industria y a los promotores del fracking

Del impacto ambiental, lo que se tiene más documentado es el tema del agua, los sismos y las fugas de gas metano que van a agravar la crisis climática. Hay otros impactos en lo social y en la salud. El agua es lo que más moviliza, lo que más preocupa. Un informe del Servicio Geológico de Estados Unidos establece un rango de consumo de agua de 5,7 millones de litros hasta 60 millones de litros de agua, equivalente a 24 piscinas olímpicas o al consumo de más de 1.600 personas durante todo un año. Es una cifra muy peligrosa, igual que destinar el agua para fracking y no para consumo humano o para otros usos, como la agricultura.

Se puede usar agua tratada; se ha hecho en algunos pozos en Texas, pero cuesta, y a la industria le gusta hacer todo al menor costo para eficientar la productividad. Se requiere de tratamientos de filtración, de control de bacterias, de reducción de sales. Está el agua de mar; es mucho más cara y no se ha hecho en México. Decir que se va a ocupar una menor cantidad de agua se tiene que demostrar. También está la contaminación del agua subterránea. Se inyectan más de 750 químicos, dependiendo de cada fabricante. Al inyectarse este cóctel químico, hay fugas y filtraciones hacia los mantos freáticos, a las aguas subterráneas. Hay sustancias radiactivas. En México no hay regulación en ninguno de los casos.

Investigadores de la Universidad Autónoma de Nuevo León presentaron una queja ante la Comisión de Cooperación Ambiental en la que documentaron que los sismos registrados en Nuevo León de 2006 a 2015 tienen una correlación directa con la perforación de pozos mediante fracking en la cuenca de Burgos. Otro impacto es el gas metano. Nadie puede garantizar que no haya fugas, por más revestimientos en las tuberías. Esto va a repercutir directamente en los gases de efecto invernadero que provocan el calentamiento global. Su potencial es mayor que el dióxido de carbono.

El daño social tiende a desestimarse. Este tipo de proyectos llegan generalmente a zonas rurales, donde predomina la población indígena. Hay una ruptura del tejido social, riesgos para las mujeres. Lo más importante es preguntar a la gente si quiere o no este tipo de proyectos en sus territorios, asegurar el consentimiento previo, libre e informado, más allá de hacer una consulta. Parece una traición a quienes votaron por la presidenta Sheinbaum, que dijo que no se haría fracking. A todas luces han venido dando pasos hacia allá. Le hacemos un llamado para que escuche las voces de la gente. Parece que solo está escuchando a la industria y a los promotores del fracking.

Ariel Valenzuela, excoordinador de Terminaciones y Productividad de Pozos en Burgos de Pemex: “Si Estados Unidos nos cierra la llave del gas, nos deja a oscuras”

Es importante recalcar que esta tecnología no es nueva, el fracturamiento hidráulico inició en el activo Burgos en 1961. Desde entonces, esta tecnología ha evolucionado sustancialmente, variando desde el tipo y volúmenes de fluido y apuntalantes, así como aditivos y técnicas de bombeo. Muchos de estos cambios han sido para hacer las operaciones más eficientes, mejorar las producciones de los pozos y evitar el riesgo de contaminación y el impacto del medio ambiente.

En una fractura no convencional se utilizan alrededor de 1.000 metros cúbicos de agua y en cada uno de estos proyectos se hacen muchas fracturas, el promedio está entre 15 y 20 fracturas por pozo, equivalente a unos 15.000 metros cúbicos de agua. Para solventar este gran reto existe una serie de alternativas que se pueden implementar, por ejemplo, reutilizar el agua que se usa en los pozos. Son proyectos masivos, de muchos pozos, pero el costo-beneficio es que se desarrollan mucho las comunidades con empleo, infraestructura, carreteras nuevas, traen muchos beneficios. Como todo, tiene sus inconvenientes, que pueden ser solventables, y sus ventajas también.

En estos yacimientos, las declinaciones de producción son muy altas, entonces, para tener una plataforma de producción estable, se requiere una actividad muy fuerte de perforación. El costo promedio de un pozo no convencional ronda los ocho millones de dólares. En este tipo de proyectos se requiere de inversiones constantes, no se puede dejar de invertir o la producción se empieza a caer. Recursos se tienen, están ya las reservas probadas, lo que falta es invertirle. Ahora mismo somos totalmente vulnerables como país, porque prácticamente entre un 70% y 80% del gas viene de Estados Unidos; si ellos deciden cerrarnos la llave, nos dejan a oscuras. Entonces, si ese recurso lo tenemos ahorita, ¿por qué no tratar de hacer uso de él? Por seguridad nacional, debería ser prioritario.

Pablo Ramírez, integrante de Greenpeace: “La gente no se queda con los beneficios, sino solo con los impactos”

Hemos sido testigos de cómo un país rico en energía, orgullosamente petrolero, que tiene una industria de más de 100 años, ha terminado siendo un país donde uno de cada tres hogares vive en pobreza energética, no puede satisfacer sus necesidades mínimas de energía. Estamos discutiendo si gas, si fracking, si el gas importado, si mayor producción en aguas ultraprofundas… y creo que, como sociedad, nos tendríamos que estar preguntando: ¿y esto, para quién es? Se nos ha querido vender la idea de que este tipo de proyectos son para el bien de la gente. La realidad es que esto no es así. Al final, la riqueza energética está muy mal distribuida. Al final, la gente no se queda con estos beneficios, pero sí se queda con todos los impactos. Si lo que se busca es “soberanía energética”, lo primero que tenemos que pensar es cómo esta soberanía va a beneficiar al pueblo mexicano, y el gas claramente no va a beneficiar a esos hogares que no pueden satisfacer sus necesidades de energía, sino que va a beneficiar a una serie de megaproyectos.

¿Cómo podríamos empezar a construir un modelo más para la gente, que la soberanía verdaderamente se traduzca en bienestar de los hogares? Pues tendría que ser un modelo que pusiera la energía en manos de las personas que la necesitan. Para eso, las tecnologías renovables son muy efectivas. La tecnología renovable permite romper uno de los elementos más importantes para la falta de acceso, que es la distancia existente entre la generación y el consumo. Entonces, se tendría que llevar este tipo de tecnologías a los hogares en pobreza energética, y con eso cumplir esa promesa —que también es una deuda— con la gente: combatir la pobreza, pero también la pobreza energética.

El problema que impide acceder a este tipo de tecnologías es la barrera económica. A pesar de que esas tecnologías se están abaratando y cada vez son más accesibles, la gente que vive bajo el umbral de pobreza no puede tener acceso a las tecnologías que le ayudarían a mejorar su calidad de vida. Pero México cuenta con dos presupuestos que están mandatados en la Ley General de Cambio Climático. Lo que debería estar haciendo este Gobierno es usar de manera efectiva estos presupuestos, que en este momento se destinan a construir gasoductos, a construir el Tren Maya, que están lejos de abonar a la adaptación y la mitigación del cambio climático, y mucho menos a la transición energética, y llevarlos hacia un modelo que nos permita no solamente avanzar en las métricas climáticas, sino también abatir una tasa de pobreza que poco se ve, pero que es muy importante, que es la pobreza energética.

Alma Porres, expresidenta de la Comisión Nacional de Hidrocarburos: “Las regulaciones sirven y el Gobierno tendría que supervisar que sí se cumplan para dar tranquilidad”

El gas que importamos de Estados Unidos proviene de yacimientos no convencionales. Así como los yacimientos traspasan fronteras, el medio ambiente también. Si nosotros decimos que vamos a proteger lo ambiental, pues exactamente del otro lado de la frontera están explotando yacimientos no convencionales; o sea, nuestra lógica ambientalista no funciona en esta parte. Más bien, tendríamos que ver cómo podemos cumplir con la utilización de las técnicas más innovadoras para proteger el medio ambiente de este lado, las regulaciones más estrictas para que se le proteja, y a la vez cumplir con las metas que ha planteado este Gobierno. Las regulaciones sirven, y el Gobierno tendría que supervisar toda la cadena de explotación de los no convencionales para que sí se cumplan, para que la población sepa que se hará con toda seguridad.

En la perforación de pozos convencionales, a veces se hacen estimulaciones para obtener el hidrocarburo; es necesario fracturar, estimular las formaciones, pero, haciéndolo de una manera adecuada y con las nuevas técnicas que se tienen a nivel mundial, se puede mitigar lo más posible el daño medioambiental, sobre todo en la utilización de agua. Dicen que se contaminan los acuíferos, eso es totalmente mentira, porque para eso están las tuberías que se utilizan en los pozos, y si se contaminara, pues también en los pozos convencionales se contamina, ¿no?

Hace falta mucha información para que la sociedad esté más tranquila. Quienes hemos ido a Estados Unidos [a las zonas de fracking] vemos la parte positiva, son polos de desarrollo, hay mucho trabajo, todo lo referente a transportes, carreteras, infraestructura… hay un gran desarrollo en los lugares donde se realiza este tipo de actividad. Y digo, así como hay cosas posiblemente “malas”, hay muchas cosas buenas para la sociedad, y estos polos de desarrollo son lo que hace falta.

Luca Ferrari, investigador del Instituto de Geociencias de la UNAM: “Debemos asumir que estamos en un declive irreversible en todos los campos petroleros y prepararnos para consumir menos hidrocarburos”

El petróleo y el gas de lutitas [que se extrae del fracking] son muy caros y tienen costos socioambientales muy altos. En Estados Unidos siempre estuvo al límite de ser rentable; aunque en muchos casos no lo era, se resolvía con subsidios; en México lo es aún menos. Tampoco es la solución a la dependencia. México importa alrededor del 35% y 60% de gas, pero Pemex usa gran parte del gas que produce para refinación, petroquímica y para inyectar en los pozos petroleros; lo que queda para la producción de electricidad y para la industria es muy poco. Excluyendo el gas que consume la paraestatal, México termina importando el 90% del gas de Estados Unidos.

Con el fracking le podemos agregar el 4% o 5%. No hay diferencia. La gran diferencia es el impacto ambiental. Según el costo que manda Pemex a la Federal Energy Regulatory Commission de Estados Unidos, el costo del barril de petróleo es de alrededor de 14 a 15 dólares el barril. Mientras que en Texas, después de 20 años con la mejor tecnología, el petróleo de lutitas, según cifras del último año, cuesta entre 54 y 63 dólares el barril. ¿De dónde va a salir este dinero? Van a abrirlo a empresas privadas; solo van a poder competir los gringos. Entonces, ¿qué significa la soberanía? Además, para que sea mínimamente rentable, tendrían que subsidiarlo.

Es una mala apuesta por donde lo vean, pero lo hacen porque se empecinaron en la idea de subir la producción para llegar a 1,8 millones de barriles de petróleo, un número mágico, que no sé de dónde sacaron, pero, según sus cuentas optimistas, es la cantidad de petróleo que necesita México para obtener la suficiente gasolina y gas que consumimos. Deberían ser 2 millones de barriles diarios. Todo va a ser imposible porque estamos en una fase de declive irreversible en todos los campos petroleros desde hace 20 años. Es geología, es física, no hay mucho que hacer. No es una cuestión política o de inversiones; cada vez nos cuesta más encontrar y producir petróleo.

Económicamente, no es negocio para el país. Quizá las presiones están influyendo; Estados Unidos ha llegado al margen de su producción y tiene compromisos crecientes de exportación de gas licuado a Europa. Quizá ahora convenga que México dependa menos. Prefieren vender el gas más caro a Europa que darlo a México. No hay nada de soberanía energética. Dentro de todas las negociaciones que México está haciendo con Estados Unidos, puede estar también la presión para que se abra el fracking porque las empresas americanas, sobre todo de Texas, son las únicas que pueden venir a hacerlo; en México no hay tecnología ni capitales.

En términos pragmáticos, hay un riesgo financiero con los precios actuales del gas y del petróleo, no es rentable hacer fracking para sacar petróleo o gas en México. Además, está el costo político y la oposición de las comunidades. Competir contra las leyes de la física y de la geología es una batalla perdida, se debe asumir este declive y prepararse para consumir menos hidrocarburos. Esto requiere de un cambio estructural muy profundo y un cambio de vida para una parte de la población que derrocha.

Elia Castillo Jiménez –  Zedryk Raziel – Karina Suárez – El País de España

https://www.costadelsolfm.org/

¡Es la estupidez, estúpido!

 

martillo

La cita se ha retorcido hasta la extenuación desde que aquel asesor del candidato Bill Clinton le dijo que para ganar las elecciones —Estados Unidos, 1992— tenía que hablar de números: “¡Es la economía, estúpido!“, dicen que le dijo, y desde entonces la palabra economía fue reemplazada por la mitad de las palabras del diccionario. Cada quien tiene su receta, y la palabra estúpido parece reforzarla. Pero supongo que nunca tanto como ahora, cuando se diría que solo cabe repetirla: la clave para ganar unas elecciones “¡es la estupidez, estúpido!”.

El mundo —insisto: eso que llamamos “el mundo”— ha seguido un camino muy extraño. La sorpresa brutal fue hace justo 10 años, cuando de pronto vimos que no habíamos visto nada. En 2016, tres hechos distintos y muy parecidos nos atacaron a traición: primero el Brexit, la confirmación de que el viejo provincianismo británico tenía más votos que la nueva Inglaterra “global y moderna”; después el referéndum en Colombia, donde muy pocos imaginaban que alguien pudiera oponerse a un acuerdo de paz y, sin embargo, el no tuvo más votos; por fin, el triunfo en las elecciones americanas de un señor que parecía encarnar todo lo que Estados Unidos no era y encarnó lo que Estados Unidos realmente es.

En los tres eventos el núcleo fue el mismo: las personas que trabajan de entender la sociedad —políticos, sociólogos, periodistas, cómicos y demás peritos con o sin carnet— no habían entendido un carajo. Imaginaban que sus países estaban hechos de gente muy parecida a ellos, aunque un poco menos algo. Y, en cambio, esas votaciones les hicieron saber que había millones que los detestaban: que llevaban décadas sintiendo que sufrían las mentiras y manipulaciones y fracasos de los que hablan bonito, el desprecio de los que hablan bonito, el desinterés de los que hablan bonito, gente que se ocupaba mucho de cosas que les importaban poco y tan poco de las que les importaban mucho.

El resultado fue un fenómeno que no habíamos previsto: la condena de la inteligencia. Es muy difícil definir la inteligencia: rebaños de personas harto inteligentes lo intentaron sin éxito, y recuerdo un niño muy repipi que cada vez que le decían que era inteligente preguntaba qué es ser inteligente —y parecía muy inteligente—.

Pero, más allá de firuletes, podemos definir que la forma de la inteligencia que tantos repudiaron es esa que se manifiesta y consolida con la más pomposa educación formal, esa donde se aprende más y se conoce a más gente utilizable. Esa que te permite acceder a puestos de poder político y económico que te ofrecen una vida supuestamente mejor —viajes, casas bonitas, consumos culturales, cónyuges deseables, lujos varios— que la de los demás. O, incluso, integrarte a su contraparte buenista: los necios que aprovechamos esa inteligencia y esa educación para explicar a los demás qué deberían hacer para renovar sus vidas, los que mantenemos la rara idea de que el mundo debería ser mejor.

Así que, aun sin terminar de saber qué es la inteligencia, sabemos que es un bien bien cotizado y que, al menos desde la Ilustración, desde que el poder político y el poder económico dejaron de ser estrictamente hereditarios, sirvió para que sus portadores manejaran el mundo. Y que lo manejaran —suave perfidia de las democracias— por supuesta decisión de todas esas personas que se creían menos inteligentes y creían que esos inteligentes merecían gobernarlos o que, incluso, les convenía que los gobernaran porque sabrían hacer las cosas.

Pero se fueron acumulando agravios. Los inteligentes que gobernaban nunca hacían lo que habían prometido y, muy a menudo, aprovechaban su poder para quedarse con el dinero ajeno. Y los inteligentes que no gobernaban seguían explicando cómo debía ser el mundo y tratando de imponer reglas que a muchos les importaban poco. Desde el Estado les decían qué debían hacer; desde los banquitos, cómo debían ser.

Millones y millones de personas empezaron a hincharse las pelotas. Esos señores y —menos— señoras tan inteligentes se creían con derecho a gobernarlos y, en general, los desdeñaban sin ningún disimulo; la reacción más amplia y más lógica fue el resentimiento. El clásico movimiento pendular: de pronto, todo lo que sonara educado sonaba sospechoso. Así tantos, en países distintos y distantes, parecían listos para apoyar lo inverso.

Entonces muchos supusimos que esa “clase inteligente” de políticos y teóricos —que, entre otras cosas, parecía que nunca hablaban claro, que no querían que los entendieran, que conversaban entre ellos— sería reemplazada por personas más “comunes”, más directas, más creíbles, menos comprometidas con los dueños, que cuestionarían de algún modo el orden habitual. Creo que nunca pensamos que ese rechazo produciría el deseo de volver a algún pasado mítico y, menos aún, que ese rechazo de la inteligencia como instrumento del engaño produciría la reivindicación de una forma de la simpleza que se podría llamar, con poca duda, estupidez.

(“Dios está muy orgulloso del trabajo que estoy haciendo”, dice, por ejemplo, su flash de dientes caros).

Esa forma de la simpleza está basada en la honestidad brutal: los líderes ganadores de estos tiempos dicen cosas que los líderes en general ocultaban tras su maquillaje o callaban por si acaso, para no desvelar sus intenciones o no ser criticados. Ahora no creen necesario disimular nada: dicen lo que se les ocurre, y si lo que se les ocurre es cruel o despiadado, tanto peor para el que no le guste; ya le romperemos la cabeza cuando se quede solo.

(“Los demócratas me dicen ‘por favor no los llame animales, son humanos’. Y yo digo ‘no, no son humanos, son animales”, dice, por ejemplo, sobre los inmigrantes).

Porque la crueldad es otra componente básica de esta nueva simpleza: maltratar a los supuestos otros y conseguir que cada sector crea que esos otros son otros —antes de entender, preñados angelitos, que ellos formaban parte de esos otros— y joderse. Es la estúpida idea de elegir a alguien que los protege con milicias armadas en las calles, matando para salvarlos de los violentos que nunca les hicieron nada. La violencia otra vez en el centro, de nuevo un recurso legítimo, una cosa de hombres, el poder del jefe de la banda.

(”No necesito las leyes internacionales. Lo único que puede detenerme es mi propia moral, mi propia mente”, dice, por ejemplo, como si escupiera).

Pero nada parece tan decisivo como el balbuceo. Aquella idea de que un líder debe hablar de corrido, estructurar ideas, componer una lógica, buscar cierta coherencia, ya no vale. Se diría que no quieren ofender a su público mostrándose distintos, que cualquier destello de razón o de saber los aleja de ellos. Y que ceden el monopolio de la última forma de la inteligencia —la astucia tecnoempresarial, los trucos para acumular dinero— a seis o siete multibillonarios con los que se alían para copar el poder.

(“Ayer nuestra bolsa de valores bajó por primera vez por culpa de Islandia, así que Islandia ya nos ha costado mucho dinero”, dijo, intentando hablar de Groenlandia).

Y se diría que no le importa a nadie. Estos nuevos líderes hablan como si les costara, se traban, se contradicen: los legitima no ser fluidos, no parecer inteligentes, parecerse.

(La estupidez tiene sus recompensas. Digamos, por ejemplo, en la Argentina, el último debate electoral entre el señor Milei y su adversario peronista, un señor Massa. Era difícil confiar en el señor Massa, representante de 20 años de fracasos pretenciosos; era difícil confiar en el señor Milei, representante del odio y la superstición. Pero la discusión fue una masacre: el señor Massa demostró que conocía perfectamente todo eso que el señor Milei ignoraba a los gritos. Muchos de los que vimos ese debate dijimos “bueno ya está, así termina la carrera del Tonto de la Sierra”. En los días siguientes, las encuestas mostraron que esa noche el señor Milei había ganado millones de votos: gente que rechazaba a ese señor estructurado e informado y prefería la torpeza y la ignorancia. Lo mismo hacen muchos votantes de Trump, Bolsonaro, Ayuso, Farage, Bardella: premiar la supuesta estupidez, la supuesta incultura).

Puede ser —decíamos— la desconfianza hacia los que aparentemente saben, el rencor por sus engaños y desprecios; lo cierto es que una buena parte de los ciudadanos que pueden elegir a sus jefes los eligen más parecidos, más cercanos: torpes, bruscos, abiertamente ambiciosos, gente sin disimulo. Podría ser, claro, una forma de la identificación: ya no me manda gente que se cree que es mejor que yo; ahora me manda gente con defectos, gente como yo: jefes, no superiores. El jefe no es uno distinto; es uno que tiene más, mucho más, de lo mismo. La democracia a pleno.

Entonces, otra duda: esos candidatos de la extrema derecha, ¿son gente muy mediocre o descubrieron que en estos días lo mediocre recauda mucho más que lo brillante, y lo simulan? No hay forma clara de saberlo.

Pero son, al fin y al cabo, detalles menores. El punto central es este desprestigio de la supuesta inteligencia, la desconfianza del conocimiento, el rechazo de los instrumentos de dominación de aquellos creídos que se creían obligados a simular que sabían cosas. Es cierto que en el mundo de la supuesta inteligencia las cosas no iban muy bien: se ve que los simuladores no estaban a la altura. Pero también es cierto que en el mundo de la estupidez todo parece ir bastante peor.

Y así estamos: temiendo la tontería y los caprichos de estos señores que se jactan de ser muy machos y muy malos. Quizás una forma significativa de pelear contra la NET (la Nueva Estupidez Triunfante) sea hacer campaña por la inteligencia: contar a diestra y siniestra la obviedad de que sin ella seguiríamos viviendo en aquellas cuevas y moriríamos, con suerte, poco antes de cumplir los 25, pero que si eso es lo que quieren, adelante, voten, que para eso está la democracia. A menos que prefieran educarse, pensar un poco más y armar vidas mejores para todos. La estupidez puede parecer, por un rato, una buena idea, hasta que todos volemos por los aires y hasta los más estúpidos descubran que era muy estúpida.

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