Republica del Zulia

Julio Portillo: Necesitamos entonces promover el regionalismo como protesta al excesivo centralismo en todos los órdenes. Tenemos que despertar la conciencia política de la provincia.

domingo, 11 de marzo de 2018

La destrucción de Venezuela, Enrique Krauze

Por cien días que apenas conmovieron al mundo, los venezolanos desplegaron la mayor manifestación democrática del siglo XXI. Entre abril y julio de 2017, centenares de miles de personas recorrieron las ciudades del país para protestar contra el autogolpe de Estado del Tribunal Superior de Justicia (brazo ejecutor del presidente Nicolás Maduro), que desconoció a la Asamblea Nacional electa el 6 de diciembre de 2015, único poder independiente, de mayoría opositora, que queda en Venezuela. A pesar de la represión de la Guardia Nacional Bolivariana (muy difundida en redes sociales, y en la que hubo ciento veinte muertos, cientos de heridos, presos y casos documentados de tortura), los manifestantes culminaron su protesta con un plebiscito en el que más de 7,5 millones de personas (el 40% del total de electores, el 25% de la población) pidieron la renovación constitucional de los poderes públicos y rechazaron la convocatoria del Consejo Nacional Electoral (otro órgano obediente a Maduro) para votar una Asamblea Nacional Constituyente paralela, al gusto del Ejecutivo.

Su esfuerzo fue en vano. Tras una votación a todas luces fraudulenta,1 la Asamblea espuria se estableció. Con todos los poderes en sus manos, en el marco de las más severas limitaciones a la libertad de expresión, con una oposición dividida y desmoralizada (que ha anunciado que no participará en las próximas elecciones presidenciales porque considera que carecen de condiciones democráticas), Maduro está cerca de realizar el sueño del hombre que llamó su mesías, Hugo Chávez: eternizar la “Revolución bolivariana”.

En los barrios pobres de Caracas, las redes sociales recogieron otro drama: mujeres que pelean por una barra de mantequilla; madres sin leche que comprar, dando inútilmente las tetas a sus niños; gente buscando comida en la basura; anaqueles vacíos de alimentos y medicinas; hospitales sin camillas, insumos, medicamentos o condiciones mínimas de higiene; médicos del Hospital Universitario de Maracaibo operando a una paciente con la luz de un celular; madres que dan a luz fuera del sanatorio. Al concluir el ciclo de protestas, se volvió peligroso subir imágenes a las redes. La Asamblea paralela – cuyos miembros han incitado al odio por veinte años– aprobó una “ley contra el odio” que sancionará con prisión de hasta veinte años a quien lo “fomente, promueva o incite”.

Las imágenes de la penuria coinciden con las estadísticas. El de Venezuela es “un colapso sin precedentes”, al menos en el mundo occidental, escribe Ricardo Hausmann, antiguo ministro venezolano de Planificación y actual director del Center for International Development en la Universidad de Harvard. En su estudio reciente, “Background and recent economic trends”,2 Hausmann demuestra que el descenso del pib y el pib per cápita entre 2013 y 2017 (el 35% y el 40%, respectivamente) es más agudo que en la depresión estadounidense de 1929 a 1933, y aun en la rusa, la cubana o la albana posteriores a la caída del Muro de Berlín. La dimensión de la crisis se aprecia en los indicadores sociales. En mayo de 2017, el salario mínimo (cuyo valor ha caído un 75% en cinco años) podía comprar solo el 11,6% de la canasta de bienes básicos, cinco veces menos que en la vecina Colombia. Más grave aún, durante el mismo periodo, ese salario mínimo (medido en unidades calóricas de los alimentos más baratos que puede comprar) cayó un 86%.3 En 2016, de acuerdo con una encuesta de 6.500 hogares, el 74% de la población perdió cerca de nueve kilos en promedio. Según el organismo venezolano de la salud, la mortalidad de los pacientes atendidos en hospitales se multiplicó diez veces en el país y la de los recién nacidos en hospitales creció un 100%. Mientras enfermedades largamente erradicadas como la malaria y aun la difteria han reaparecido, aumentan los males emergentes como chikunguña, zika y dengue. Para colmo, Caracas es la ciudad más peligrosa del mundo.

Se trata de una crisis humanitaria de enormes proporciones, documentada detalladamente en hogares y hospitales por instituciones civiles venezolanas e internacionales.4 Según Feliciano Reyna, activista de Codevida, una de esas organizaciones, la información servirá en el futuro para procesar al gobierno de Maduro en el Tribunal Internacional de La Haya. “Lo que está pasando es deliberado”, sostiene Reyna, apuntando a la negativa del gobierno a establecer un canal neutral para la entrada de alimentos y medicinas. A sabiendas de que el salario mínimo mensual es apenas suficiente para comprar cinco kilos de carne y nada más, en sus apariciones públicas (y a veces bailando salsa) Maduro ha sugerido la cría de conejos como remedio. Pero su solución para paliar el hambre es aún más ingeniosa, porque liga la alimentación con la política.

Cerca del 70% de la población depende de las bolsas de alimentos importados llamadas clap, siglas del Comité Local de Abastecimiento y Producción encargado de distribuirlas conforme a un sistema de tarjetas.5 En las elecciones para la Asamblea paralela, el gobierno discurrió una renovación de las tarjetas que coincidía en tiempo y espacio con los sitios de la votación, logrando el efecto deseado de intimidar al votante que sentía que podía perder su tarjeta si no votaba por los candidatos oficiales.

La paradoja es que esto le ocurre a la nación con las mayores reservas petroleras del mundo. Pero es justo ahí, en el petróleo, donde se localiza el epicentro del terremoto infligido por el régimen a pdvsa, la empresa petrolera del Estado venezolano que concentra el 96% de las exportaciones del país. El colapso y la caída del sector petrolero venezolano ofrece un detallado diagnóstico del caso.6 Sus autores, Ramón Espinasa y Carlos Sucre, especialistas afiliados a la Universidad de Georgetown, parten de 1998, cuando tras un largo proceso de profesionalización administrativa y técnica, actuando con autonomía gerencial y remitiendo por ley sus utilidades al Banco Central, pdvsa producía 3,4 millones de barriles diarios (mmbd) con una planta de cuarenta mil trabajadores y empleados. Las proyecciones para la primera década del siglo xxi eran de 4,4 mmbd, pero, al llegar al poder, Hugo Chávez tenía otros planes.

Leer mas: http://www.digaloahidigital.com/articulo/la-destrucci%C3%B3n-de-venezuela

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