Desde que el hombre es hombre, incluso antes, alimentarse y tener comida en abundancia para compartir y prevenir necesidades futuras, ha sido el motivo principal de la existencia, el motor que ha impulsado las grandes transformaciones de la humanidad y hasta los más sencillos y humildes encuentro familiares por modestos y austeros que sean. Todo descubrimiento ha nacido siempre en una mesa.
Sólo cuando el hombre pudo acumular cosas y guardar para los días venideros, es que adquirió tiempo y libertad para transformarse en filósofo.
Desde entonces todo está organizado en torno a la comida, especialmente en nuestro reino animal donde impera el principio de comer o ser comido, porque somos engranajes de la cadena alimenticia, donde cualquier trasgresión puede generar alteraciones insospechadas de consecuencias catastróficas para un individuo, un grupo, una sociedad, la humanidad entera.
No es casual que los alimentos hayan tenido siempre un carácter mágico en las sociedades primitivas y que hayan sido deificados por todas las religiones. Los americanos, lo dice el Popol Vuh, somos hijos del maíz, los romanos tenían su diosa Ceres en honor al trigo generador del pan y hasta el vino era servido gracias a la generosidad de Baco. Todo lo que comían nuestros antepasados tenía un significado divino, cosa que se mantiene hasta hoy donde comer, para muchos, es casi un milagro. Antes extraíamos raíces o cazábamos el animal que se nos atravesaba por delante, hoy vamos al supermercado, donde podemos encontrar una variedad infinita de productos (bueno, es un decir), esa es la única diferencia entre lo primitivo y lo moderno. La necesidad de alimentarnos se mantiene intacta, las razones son las mismas.
Comer es vivir, podríamos decir recordando a Pedro Penzini. La nutrición es esencial para la vida ya que sin alimentos no hay nada.
Pero ¿será verdad que sólo comemos para nutrirnos? Si así fuera, con tomarnos una pastilla al día con los nutrientes necesarios que necesita el organismo sería suficiente. O comeríamos todos los días lo mismo sin importarnos dieta ni sazón alguna con tal de satisfacer el hambre cotidiana. Todos seríamos carnívoros o vegetarianos o ictiófagos o mono masticadores de lo mismo, sin diferencias. Comeríamos para saciarnos, lo que es más un comportamiento animal que humano.
¿Qué de sicológico tiene una sopa o un trozo de carne asada bien jugoso? ¿Cuánta nostalgia hay en una hallaca humeante abierta en familia una noche navideña? ¿Será verdad que un ceviche siete potencias fortalece la libido? ¿Cuánta azúcar le pone usted al café? ¿Hay alguna relación entre la indigestión y la desdicha? La cultura nació y se alimentó con el refinamiento de nuestra alimentación. La noción de gusto se originó primero en el paladar y de allí se extendió a las artes, la moda, el sexo y todo lo que el hombre y la mujer, sobre todo la mujer, pueden adquirir para sentirse satisfechos. Todo lo que comemos tiene un significado cuyas motivaciones son tan misteriosas que van más allá de modas y caprichos.
La ecuación gastronómica se inicia con el apetito y sigue con el gusto donde las motivaciones dependen de las necesidades. A partir de allí cada quien come lo que quiere o lo que puede o lo que cree puede significar. El apetito es mucho más que un impulso fisiológico, está relacionado con factores que se originan en la vida íntima y en el ámbito social de la personas. ¿Por qué comemos? Comemos para nutrirnos. ¿Para qué comemos? Comemos para ser felices.
No creo que la cédula del buen vivir que electoralmente nos anuncia el gobierno sirva para satisfacer nuestras necesidades, para hacernos felices comiendo lo que nos provoca. Así como una tarjeta de crédito decía hace años que no se podía salir sin ella, yo creo que lo que nos están diciendo ahora con esta cédula es que será imposible comer sin ella. Esa es la promesa básica que se esconde tras esta engañosa propuesta que no es más que una curiosa manera de llamar al racionamiento de comida que se nos viene encima, que de justo y necesario no tiene nada, y que sólo podremos impedir si votamos el 26 de septiembre, bien temprano, con nuestra modesta cédula de ciudadanos.
Tal Cual Digital
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