Las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia han sido persistentemente apreciadas, desde el momento mismo de su aparición (mayo de 1964) como una organización guerrillera. Como corolario lógico e histórico de esta apreciación, se ha estimado también con la misma persistencia que las FARC no buscan otra cosa que conquistar el poder. La persecución de objetivo semejante ha representado, en efecto, la razón de ser razón de ser de la mayoría de otros movimientos guerrilleros.
Esta visión de las FARC sirvió de prisma hasta comienzos de los noventa del siglo pasado, tanto para leer y evaluar el sentido y alcance de sus acciones y declaraciones, como para explicarse las reacciones de simpatía o rechazo que el movimiento ha despertado dentro y fuera del país. Lo que hacen y dicen, se pensaba hasta entonces, estaba determinado esencialmente por la búsqueda del poder central, de la misma manera que cuanto hicieron y dijeron los guerrilleros argelinos y cubanos estaba dictado por su firme voluntad de llegar a gobernar en sus respectivas sociedades. Pero he aquí que, con la muerte de quien era considerado el ideólogo y director político supremo de la organización, Luis Morantes, alias Jacobo Arenas, esta visión de las FARC como un movimiento guerrillero de conducta ortodoxa y por tanto en muchos aspectos previsible, comenzó a resquebrajarse. Es difícil averiguar qué nexos orgánicos hay entre la muerte del miembro del Partido Comunista Colombiano, dirigente ideológico y supremo mentor político de las FARC desde que esta organización se fundara y la creación, por un lado, de diversos vínculos entre la guerrilla y la narcoindustria y el narcotráfico y, por el otro, la utilización sistemática por parte de las FARC de la vacuna y del secuestro. Sin embargo, esta interrogante carece de pertinencia ahora, pues la conducta poco ortodoxa de las FARC ha quedado de manifiesto de manera más clara y con consecuencias de mayor gravedad en los últimos hechos en que dicha organización, sus aliados y sus enemigos se han visto involucrados.
Estos nuevos y poco ortodoxos procedimientos en la guerra de guerrillas colombiana solo aparecen como errores o fallas ante aquel prisma que ve en la guerrilla solamente un movimiento políticomilitar orientado a la toma del poder. Pero resulta, como lo demuestra la historia real y concreta de lo acontecido precisamente en las dos sociedades citadas, la guerrilla puede llegar al poder por dos caminos distintos. Uno de ellos, el de Cuba, es el de llevar a la guerrilla a convertirse en un ejército suficientemente poderoso como para intentar un asalto a las sedes del Gobierno y otro, el que Ben Bella consideraba que había sido el mayor objetivo logrado por la guerrilla de su país: "podrir la situación" política, dentro y fuera de las fronteras para obligar al Gobierno a negociar. Esto lo pueden lograr guerrilleros que, como los de las FARC, se establezcan fuera de su país y dejen de consagrarse tan solo a servirse de su poder de fuego y a mejorarlo continuamente.
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