El peor problema es el que no se sabe que se tiene. Eso es así en psicología, tanto para individuos como para sociedades. Nosotros siempre nos hacemos los locos, lo que significa un cierto nivel de conciencia, porque es la técnica del disimulo que en el fondo conoce la realidad.
Pero peor aún es cuando todavía no sabemos que tenemos un problema que hemos tenido siempre, y ni siquiera los locos nos hacemos. Somos una sociedad estructuralmente oprimida, de naturaleza casi masoquista, cualquiera nos impone la regla a la mayoría de nosotros. ¿Qué significa de verdad, verdaíta, la camisa roja? ¿Poder? No. Ilusión de poder, sí. Esa que se muestra sólo a los de al lado. Sólo en los pasillos. Sólo a los que están cerca.
Una camisa roja se transformó de repente en casi una camioneta Hummer, en una cuenta bancaria exorbitante, en una casa grandota. Se transformó en síntoma y signo de estar en algo, de formar parte, de estar in, de pertenecer a la nueva clase social que irrumpe en una Venezuela que es la misma de siempre, con mirada tradicional y rural.
En desarrollo, en el serio, en el humano, se habla de aprovechamiento de oportunidades, pero no de estas enchufadas oportunidades, sino de las consistentes, del estudio y del trabajo formal de la gente con conocimiento y experiencia. Porque el objetivo final de la oportunidad es elegir y no complacer. No hacerle el juego a otro, sino tener un juego propio. Nosotros no sabemos que tenemos un problema de crecimiento, de dependencia, de inflación, de mala distribución de recursos, de calidad en servicios, de libertad de expresión. No sabemos que en las últimas décadas la pobreza aumentó en 130 por ciento. ¿Será que no sabemos identificar la responsabilidad en su justa dimensión de la mala administración del país y de las erróneas políticas?
Lo mismo el carnesito blanco que la franelita roja. Son iguales, son los mecanismos de exaltar el poder que nunca hemos tenido. Que sólo tienen pocos. Siempre hemos renunciado al poder, desde el punto inicial suponiendo que, como la tormentas, éste no se puede controlar, es mágico, extra-sensorial y metasocial. Nadie nos dio poder jamás, y no nos importa, mientras el hoy esté resuelto y mientras los vecinos crean que estamos enchufados para ver si así nos lo creemos nosotros también. No sabemos que somos pobres. Siempre nos creímos ricos. Ahora para seguir creyéndolo nos toca vestirnos de rojo o adversar el rojo.
En un concierto de tonalidades rojas y mudas, seguimos sin saber nada sintiéndonos más cerca del poder que siempre nos espanta. Y sin importar de que color nos vistamos y después de la apariencia y la aguajería, el poder siempre se escabulle, como la bendita lotería esa que nunca nos toca. Natalia B. Sánchez A./ Socióloga
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